Nuestra mala democracia

Manfredo Kempff Suárez
La democracia es algo serio, para gente consciente, educada, no para traficantes ni aprovechadores que quieren medrar de lo que presuntamente desearían las “mayorías populares” que no saben hacia dónde mirar. Además de Inglaterra, la democracia más antigua y la más perdurable, la que sigue es la norteamericana y su Constitución de dos siglos, porque después todas las naciones han transitado por golpes de Estado o duraderas dictaduras.

¿Es mala la democracia? ¿Es un mal sistema de gobierno? Desde luego que no (“la peor democracia vale más que la mejor dictadura”), pero si observamos lo que sucede en Bolivia y en América Latina en general, podemos observar que la institucionalidad está quebrantada, que el retorno al sistema de derecho luego de largos años de tiranías no ha satisfecho las expectativas de la gente que demandaba respeto a los derechos humanos y un poco de bienestar. Ni lo uno ni lo otro han recibido las poblaciones que salieron a las calles dispuestas a hacerse matar para buscar una vida más justa.

Este no es un fenómeno boliviano solamente. Podríamos decir, aún más, que Bolivia aparece con un sentido democrático mayor que muchas de las naciones que están cerca. Lo que sucede es que la democracia no es solamente un problema de cultura, sino de disposición. Es muy cierto que en África hay menos democracia, como en amplias zonas del Asia. Las satrapías cunden en muchísimos lugares del mundo. Sin embargo, es cosa de revisar la historia reciente para ver que las dictaduras más horrorosas se han dado en Europa, cuna de la civilización occidental, donde la cultura se ha entremezclado con el crimen.

Hitler, Mussolini y Stalin, representan lo peor de las dictaduras del siglo pasado con sobradas razones. Los dos primeros pagaron con sus vidas – y las de sus pueblos – su aventura imperial. Sin embargo, Stalin perduró hasta casi una década después de la Guerra Mundial, y creó un sistema sui géneris de “democracias populares” con el que dominó casi la mitad de Europa. Ese tipo de democracia se extendió por algunas regiones del mundo y llegó con sus vicios hasta nuestra América. Es la democracia del partido único que reina en Cuba, Venezuela, Nicaragua y lamentablemente en nuestro país. Es una democracia falsificada.

¿Y qué sucede en el resto de las democracias latinoamericanas? Con muy pocas excepciones todas están en muy mal pie. Están demostrando una clase política incapaz y corrupta que no puede satisfacer las demandas de la población. Y peor aún: que defraudan a la gente y le hacen perder la fe en el sistema de derecho. Sin mencionar a Venezuela, donde el caos es atroz, lo que asoma en Brasil tiene que asustarnos, en especial a sus vecinos como Bolivia. La gran nación sudamericana, incluida hasta hace poco entre las grandes economías mundiales, ha resultado dañada por un bandidaje generalizado en la administración donde han quedado malparados todos los políticos, izquierdistas, populistas y conservadores.

La democracia en Latinoamérica no está dando los resultados esperados porque existe una corriente de acaparamiento del mando. El acaparamiento del mando lleva al monopolio de los negocios del Estado y al enriquecimiento ilícito. Quienes se llenan de dinero con negocios tramposos, ya han aprovechado de las ventajas que les ha dado la democracia y entonces ya no les gusta el sistema. No quieren ni oír de la alternabilidad en el Gobierno. Porque la alternabilidad resulta la amenaza de investigaciones (“impeachment”) y eso los aterra. La pérdida del poder resulta algo imposible de imaginar siquiera.

Es ahí donde el sistema se desvirtúa, se descompone, porque para continuar en el Gobierno, para que el poder no se escurra entre las manos, se amenaza y se extorsiona a la justicia o simplemente se designa a los jueces con alguna fórmula electiva engañosa. Si como en Bolivia el Órgano Ejecutivo dispone a su satisfacción del voto de los dos tercios de la Asamblea y además designa a los fiscales y jueces, el negocio es redondo. Como negocio sí, pero como sistema de gobierno resulta un fiasco para protesta de la población y un atentado contra la constitucionalidad que se quiere recuperar.
Comparte
Síguenos en Facebook