Hundidos en la espiral de la pobreza de Argentina, sin poder escapar

El invierno castiga con un frío que congela la ciudad de Buenos Aires. Llovizna suave, el cielo está encapotado y encogidos bajo unas mantas junto a la pared de un edificio, un hombre y una mujer se acurrucan para dar calor a la pequeña Ivia. “Es nuestra reina”, dice Javier (quien no quiso dar su apellido) de aspecto descuidado y ojos achinados por el cansancio y el sueño. Agarra el cochecito sobre el que trasladan el colchón, que en las noches dispone sobre la vereda, y se va con su familia rumbo a otra parte.

Javier, junto a su mujer y su beba de 11 meses, durmiendo en un colchón junto a la pared de un edificio en Buenos Aires. (Lez)
Javier es oriundo de Entre Ríos, limpia vidrios en los semáforos de Buenos Aires y la vida para ellos es como un círculo vicioso del que es muy difícil salir: “Lo que hago no me alcanza para alquiler, ni con dinero conseguiría los papeles que piden (garantías, recibos de sueldo, etc). Me dijeron que no podemos estar aquí con ella (su beba de 11 meses), pero ¿qué voy a hacer?”, dice, mirando los autos. Su pregunta desesperanzada es también el de muchas personas que duermen en las veredas, plazas y bajo los puentes de la ciudad.

Terminar viviendo en la calle es una realidad que, en otros lugares, sucede como consecuencia de nefastos acontecimientos pero en Argentina es algo cada vez más cercano para muchos habitantes. La inflación pronunciada de precios de la canasta básica, sumada a una creciente ola de desocupación, han hecho que la espiral de la pobreza absorba a muchas más personas que antes.

El costo de la canasta básica total (CBT) superó en marzo los 14.000 pesos y, según el último informe publicado por Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), el 30,3% de los argentinos vivían ya bajo la línea de pobreza en el segundo trimestre de 2016.

También el Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (CIPPES) hizo público un dato revelador por estos días: los límites de la pobreza se ensanchan entre los niños y adolescentes. El 46,04%, lo que quiere decir que 46 de cada 100 niños de hasta 17 años están por debajo de los límites considerados de precariedad. Basta caminar las calles para notar la agudización de este problema.

“Del gobierno recibo la Asignación Universal por hijo, pero eso sirve de poco”, dice Javier. En la Plaza San Martín, zona de Retiro, otra persona pernocta en bancos y veredas cada noche y cada día. Se llama Carlos y recibe una jubilación con la cual tampoco lograría pagar un alquiler. Tiene 54 años y ni siquiera aspira a conseguir albergue. “La ciudad es como una casa grande”, dice: “Aquí la gente me ayuda, la policía cuida de que no me lleven mis cosas”.

Esta problemática gana fuerza en la agenda política de cara a las elecciones primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) de agosto. Desde el gobierno, con el conocido eslogan “pobreza cero” de Mauricio Macri, hasta el “ingreso básico universal para todos”, de Rafael Klejzer, candidato del recién creado Partido Izquierda Popular. “Ninguna familia por debajo de la línea de pobreza”, dice el volante donde se advierte también que con el 6% del producto bruto del país se resuelve la pobreza y con el 1% la indigencia.

Planes de ayuda saturados

En la Ciudad de Buenos Aires, que en el informe de la CIPPES tiene el indicador más bajo de la región pampeana con 142.000 niños y adolescentes por debajo de la línea de pobreza, el gobierno tiene habilitada una línea telefónica (108) para ofrecer alojamiento y ayuda económica a quien se encuentre en situación de calle. Según estadísticas, unas 900 personas pasan sus días en cualquier hueco de la ciudad donde logren acomodarse, pero la cifra real es mucho mayor.

Al menos así lo considera Proyecto 7, un conglomerado de entidades que buscan solución a su problemática. Ellos aseguran que miles de personas viven en las calles y que existe otro sector vulnerable: quienes están alojados en instituciones de manera transitoria o en hoteles bajo subsidios y amparos, aquellos que están notificados o con resolución de desalojo, así como quienes duermen en estructuras temporales o asentamientos, y que tarde o temprano podrían quedarse sin un techo para dormir.

Martín estaba sentado en los jardines de la avenida 9 de julio. Comía algo que se había encontrado en un tacho de basura. Para él, todo comenzó cuando sus hermanos mayores vendieron la casa de sus padres fallecidos con quienes estaba viviendo en Quilmes. Su esposa terminó inculpándolo y eso fue suficiente para que él decidiera abandonarla embarazada junto a sus dos hijas.

En ese entonces, el hombre todavía trabajaba y alquiló una vivienda en Constitución pero el peso de lo que había sucedido le llevó a darle la espalda a su vida y quedar desempleado. Ahora lleva dos años viviendo como vagando en la ciudad. “A veces me levanto y pienso que tengo que hacer algo, me da espanto caminar entre los demás”, dice./Yahoo Noticias
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