Portugal declara la guerra al azúcar y la sal en las galletas María

El Gobierno socialista portugués ha decidido lanzar una ofensiva para controlar los niveles de azúcar, grasas y sal que integran las galletas María, las más consumidas en el país vecino.

Sí, porque la Dirección General de la Salud (DGS) se ha hecho eco de numerosas quejas de los consumidores y ha tomado cartas en el asunto para erradicar la extendida práctica de endulzar en exceso estos productos con tal de captar a un sinfín de paladares. Por algo se dice aquello de «las galletas de toda la vida ya no saben como antes».

Pues al otro lado de la frontera eso puede cambiar próximamente, toda vez que las conclusiones de un exhaustivo informe al respecto no dejan títere con cabeza en la cadena de elaboración, como sucede igualmente con las otras galletas que se venden de manera masiva: las de agua y sal.

En consecuencia, tiene que ponerse freno a las grandes diferencias observadas en las 15 marcas analizadas, que se resumen en que algunas de ellas utilizan el doble de sal, grasas y azúcar para colocar en el mercado un alimento que, supuestamente, es el mismo en esencia que el de sus competidores.

A partir de ahora, los fabricantes van a ser exhortados a rebajar esos niveles, con el fin de no perjudicar la salud de los consumidores, en especial de los niños.

El paso inicial se centró en el encargo para realizar un estudio comparativo al Instituto Nacional de Salud Doctor Ricardo Jorge, cuyos expertos diseccionaron todas las galletas María disponibles en los supermercados (o, al menos, las que se engloban bajo ese epígrafe).

Conclusión sin paliativos: pueden producirse con mayor calidad nutricional, lo que se traducirá en «establecer nuevos mecanismos para la reformulación gradual de estos alimentos».

La guerra, por tanto, no ha hecho más que comenzar, con el Ministerio de Sanidad portugués convertido en garante de los cánones públicos saludables, tal cual ha demostrado con su oposición frontal a la venta de bebidas y comestibles saturados de grasas en las máquinas que los dispensan en las dependencias de la Administración.

En este contexto, se alza la voz de Pedro Graça, quien ejerce como director del Programa Nacional para la Promoción de la Alimentación Saludable de la DGS, para proclamar sin cortapisas: «Tenemos que intentar crear las condiciones adecuadas en los supermercados, las tiendas y los mercados para que la oferta posea índices más bajos de sal, grasas y azúcar. Estamos ultimando la metodología».

Diferencias entre las marcas
La principal sorpresa que se llevaron los investigadores tiene que ver con las enormes diferencias en función de las marcas, algo que la DGS considera inaceptable.

Una simple muestra: los niveles de grasas en las galletas María de distintas marcas pueden llegar a variar de 8,73 a 19,5 gramos por cada 100 gramos, es decir, casi un punto de desajuste de unas a otras. ¿Por qué? La explicación no es únicamente aleatoria sino también indicativa del escaso compromiso observador hasta ahora por ciertos fabricantes con el estándar de calidad aconsejable.

En esta misma línea, la Dirección General de la Salud alerta de que la ingestión de cantidades elevadas de grasas saturadas tiene un impacto evaluado de forma directamente proporcional en relación a las enfermedades cardiovasculares. Tampoco puede pasarse por alto un dato demoledor: un 40% de los portugueses sufre hipertensión.

El organismo dependiente del Ministerio del ramo especifica más: «Lo que ha demostrado el estudio realizado es que debemos ser cuidadosos con el consumo de cualquier tipo de galleta. Es verdad que algunas de ellas son nutricionalmente más equilibradas, pero no podemos olvidar que el pan debe ser siempre la primera elección como suministrador de hidratos de carbono».

A su juicio, «no se entiende por qué el pan se ha convertido en un producto denostado (de hecho, se ha sustituido en muchas ocasiones por bollería o galletas), cuando en realidad se trata de un excelente alimento y una buena fuente de energía». Unas palabras, estas últimas, que entroncan con un hecho rotundo: el pan presenta cantidades reducidas de sustancias aditivas (sobre todo, si es de gran calidad y está elaborado con una harina superior, naturalmente).

Todos los condicionantes apuntados se multiplican en el caso de que las galletas estén rellenas (de chocolate, coco, avellana, etcétera). En estos casos, se incrementan mucho más los índices de glicemia e insulina en la sangre, engordan y, para colmo, hacen que la grasa se acumule en determinadas zonas del cuerpo

La nutricionista Brunna Reis ha terciado en el asunto al declarar: «Incluso aunque no tengan relleno, las galletas son una fuente de carbohidratos refinados».

Su diatriba se dirige igualmente contra los denominados ‘saladitos’, que mucha gente consume creyendo que no engordan y que hacen menos daño por el mero hecho de que no tienen un sabor dulce. Nada más lejos de la realidad.

«Producen la sensación de que nos llenamos y hay quien piensa que después comerá menos. Pero eso es porque su gradación de sodio favorece la retención de líquidos», explica Reis.

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