Ella, la única que no sabía que la iban a matar

No era necesario pedirle a una anciana en ayunas que buscara augurios aciagos en sus sueños para predecir su muerte.
Todos a su alrededor sabían que habría un crimen, que él sería el autor y ella, la víctima.
Lo sabían en su familia, en su barrio y en su trabajo. Lo sabían las que la precedieron y quienes la rodeaban. Lo sabían en la Justicia y lo sabían en la Policía.
Pero nadie le avisó a Mónica que moriría.
Melisa lo supo siempre. Conoció a Mario Saucedo en 2011 en Bahía Blanca (Argentina), lo vio un par de veces y al año siguiente comenzaron una relación. De él la cautivó, recordó esta semana, el contraste entre su aspecto recio y su interior dulce, de hombre vulnerable que siempre había vivido sin cariño, de pobre buen tipo al que nadie quería, al que todas habían usado y ninguna había amado de verdad.
Pero, claro, todo era una fachada.
Pronto empezaron a aparecer los celos. Luego, las discusiones violentas. “Nunca vivimos más de tres meses juntos”, contó Melisa esta semana, a radio La Brújula 24“Nosotros nos peleábamos, yo me iba y a los dos o tres días él me pedía perdón, me decía que no lo iba a hacer más. Llamaba a mis familiares, a mi ex pareja, a mi mamá, les rogaba y yo regresaba con él. Pero no cambió nunca”, se lamentó.
Al tiempo llegaron los golpes. “Después de la primera pelea, y de que yo realizara una exposición ante la comisaría, nos volvimos a arreglar. A las dos semanas, estábamos en el parque, se enojó y me dijo que me iba a llevar a casa. Pero me llevó a la ruta. En el camino me iba golpeando en la cara y me hacía como que me quebraba las muñecas para que le dijera ‘con cuántos había estado’ en el tiempo en que estuvimos separados. Después me hizo bajar del auto y caminar al borde de la ruta, durante varios metros”, relató la joven.
Se reconciliaron. Melisa quedó embarazada y ahí supo que no era el primero sino el octavo hijo que él tendría. “Me era infiel con cada una que se le cruzaba. Y eso lo ponía peor a él, más desconfiado", contó. “Pero lo peor fue cuando quedé embarazada. Tenía más ganar de estar muerta que viva”, explicó.
Él tenía una especialidad. Una técnica para ahorcar a alguien hasta el desmayo.
“Hasta los ocho meses de embarazo me ahorcaba hasta que me desmayaba y me sacudía para despertarme. Me sentaba en una silla y me decía que no llorara, que me quedara tranquila porque él no me había hecho nada”, recordó Melisa. “Con la mano presionando contra el piso, contra un ropero, contra la cama, contra lo que fuera me apretaba el cuello. Cuando veía que yo me desvanecía, él me sacudía y me despertaba. Me amenazaba, me ponía cuchillos en la panza, me metía adentro de la ducha de agua fría con la ropa puesta para que no me fuera. Y esto pasaba después de que teníamos discusiones pavas”.
Al hijo que tuvieron recién aceptó ponerle su apellido dos meses después del nacimiento. Tardó cuatro en abandonar el hogar donde ese bebé vivía“Después él aparecía, pero no para ver al nene sino para joderme a mí”, contó Melisa, que nunca logró que pusiera un peso de alimentos.
A la mujer no le quedó otra que volver una y otra vez a pedir ayuda oficial, que jamás recibió. “Lo denuncié 15 veces en la comisaría, donde siempre me atendieron bien. Pero la Justicia no movía nada y la Policía no lo podía tener arrestado. Le dictaron cuatro restricciones de acercamiento, y me asignaron un botón antipánico un año”, contó esta semana Melisa, conmocionada.“Las dos o tres veces que lo usé no sirvió para nada. Para él la restricción era lo mismo que nada: venía y me pedía perdón. decía que me amaba. que el hijo era lo mejor que le había pasado...”.
Melisa vivía aterrada. “Me cansé de decir que este tipo me iba a matar. Fui a comisarías, a fiscalías, a Tribunales, a todos lados. ‘No, no’, me respondían. En todas las denuncias me preguntaban si tenía miedo y yo respondía que sí, les aseguraba que me iba a matar”, agregó. “Yo no decía que no tenía miedo; yo hasta con la panza decía: ‘Me va a matar’. Después de que hacía la denuncia, no pasaba nada”.
Con denuncias, separaciones y lo que fuera, la relación igual continuó, contra su voluntad. Más enferma que antes. “La última denuncia la hice hace un año por acoso y amenazas de muerte porque él tenía varios Facebooks truchos para hacerlo. Le pusieron restricción de acercamiento”.
Melisa no era libre. Sabía que él ya había iniciado su relación con otra mujer, pero lo seguía sufriendo. “Desde que me separé no podía trabajar en el centro porque se iba a enterar. No podía salir y subir fotos a Facebook, porque él se alteraba cuando las veía. No podía tener una rutina. No era dueña de mi vida. Yo vivía a escondidas de este hombre”, explicó la mujer, que aún ahora -tres años y medio después de la ruptura- tiene un Facebook bajo un nombre falso. “No se cansaba de pedir que volviera. Y yo le decía que él estaba en pareja con otra, con Mónica, a la cual yo conocía”.
Nunca perdió el terror que él le inculcó.
Tras su ruptura con Melisa, Mario Alberto Saucedo -patovica, chaqueño, 36 años- empezó a trabajar como custodio en un bazar de Bahía Blanca. Era el mismo negocio donde trabajaba Mónica Giselle Esteban, con quien pronto empezó una relación. Como antes con Melisa, ante ella primero se mostró como una víctima incomprendida.
Nadie le contó a Mónica su pasado. Nadie le dijo que seguía acosando a Melisa cada vez que podía. Ni que sólo sus nuevas parejas lo mantenían a raya, entre amenazas de molerlo a golpes si volvía a acercarse.
Como había ocurrido con Melisa, la relación de Mónica con Saucedo entró en una espiral de celos y violencia, que a ella se le hizo incontrolable. “A mí me pasó lo mismo: cuando me lo quise sacar de encima, no pude. Yo pensé que lo podía manejar pero cuando me quise acordar no era dueña ni de ir al baño”, contó Melisa.
Mónica y Saucedo se pelearon muchas veces. Y él siempre la convencía. “Es que él lloraba enseguida”, describió Melisa su modus operandi. “Con lágrimas y todo. A mí me pedía perdón. Hacía pucheros de bebé...”.
El último 6 de septiembre, una de las 15 denuncias por violencia que Melisa le había hecho a Saucedo llegó a juicio oral. “Una sola denuncia de todas las que hice en tres años y medio llegó a juicio”, recordó ella. “Pero él no se presentó”.
Y nadie hizo nada.
“Como estaba declarado en rebeldía, me dijeron que sólo tenía que esperar a que lo intercepte un control policial y que ahí lo detendrían. O esperar a que fuera a votar y lo atraparan”, contó Melisa.
A nadie se le ocurrió ir a buscarlo, por ejemplo, a la casa que compartía con Mónica a pocas cuadras de los tribunales de Bahía.
El 17 de septiembre, la violencia de Saucedo hacia su nueva pareja llegó a un extremo. Fue el hermano de la mujer quien la rescató.
“El sábado 17 de septiembre dejé a Mónica en su casa y unas horas más tarde me mandó un mensaje para que fuera para allá. Diez minutos después me volvió a llamar para que fuera urgente. Yo vivo en Ingeniero White y ‘volé’ hasta allá. La encontré sentada en la calle, llorando. Le pregunté si le había pegado y me dijo que la había ahorcado y dejado inconsciente”, contó Cristian Esteban a la FM 93.1. Su reacción fue desesperada: enfrentó a golpes al agresor.
“Entré a la casa, le pegué a más no poder a Saucedo, que salió corriendo como una rata. Le saqué todas sus cosas a la calle y le dije a mi hermana que lo llamara para que viniera a llevarse sus pertenencias. Yo quería volver a agarrarlo. Llegó en taxi a la hora y media. Cargó todo y se fue. Él no decía nada, es un cobarde que solo puede pegarle a una mujer”, agregó el hermano de Mónica. “Antes de ese episodio habían existido discusiones de pareja pero en principio nunca le había levantado la mano. Mi hermana me decía que por miedo no me avisó antes y yo le pregunté por qué no me llamó, a lo que ella me contestó que le había sacado el teléfono”, recordó. Y reiteró aquello que Melisa ya sabía dolorosamente: “Saucedo tenía una táctica, sabía ahogarlas y revivirlas. Mi hermana me dijo que no sabía cuánto tiempo había estado inconsciente, que le pegaba cachetadas...”.
Cristian intentó protegerla como pudo“Frente a aquel primer episodio, cerré todo y traje a Mónica a vivir conmigo. Todas las noches que cerraba el bazar donde trabajaba yo estaba ahí para buscarla y llevarla a mi casa. Eso fue así durante 15 días”, recordó. “Él le escribía y le pedía perdón”.
El jueves de la semana pasada, Mónica le dijo a su hermano que quería regresar a su casa. Cristian tomó la precaución de cambiarle las cerraduras y de acompañarla en sus primeras horas allí. “El viernes me fui a las 6”, recordó.
Dos horas después, Mónica moría. Tenía 40 años.
Un compañero de trabajo, preocupado, fue a buscarla. El cuerpo de Mónica estaba detrás de la puerta del dormitorio, colgado del picaporte con un cable de alargue de enchufe. Era una torpe simulación de un suicidio, que quedaría desvirtuada por el golpe en la cabeza que tenía.
La Policía allanó la casa de Saucedo y no lo encontró. Comenzaron a rastrearlo y descubrieron que había hablado con una ex pareja en su huida. Le había dicho que se había mandado “una macana” y le había pedido que le consiguiera un abogado. “Quiero el mismo que Cuchán”, le dijo.
Pablo Cuchán es otro bahiense, que mató a su novia adolescente, quemó y descuartizo su cuerpo en una parrilla para luego tirarlo en descampados y logró su libertad tras 11 años de detención. Hoy busca novia en Tinder.
Como le habían advertido a Melisa, no sería una comisión investigadora la que detendría a Saucedo sino un control caminero en Chaco. En el calabozo, fingió un intento de suicidio.
Ella, la única que no sabía que la iban a matar
Mario Alberto Saucedo, de 36 años, al ser detenido como presunto autor del crimen de su ex pareja.
“Y ahora ¿qué me van a venir a mí a hablar de JUSTICIA?”, escribió Melisa en su Facebook el 30 de septiembre, al enterarse del crimen de Mónica. “¿Qué me van a hablar de seguridad para las mujeres, si desde hace 5 años vengo denunciando a este PEDAZO DE HIJO DE PUTA, llorando, implorando, reclamando ME VA A MATAR, ME VA A MATAR (...) Hoy ya es tarde, porque arrebató una vida. ¿Qué derecho tenía de hacer eso? ¿Dónde mierda está esa Justicia de la que tanto hablan, si esto se podría haber evitado y ella hoy estaría trabajando con su sonrisa, esa tan linda que tenía...”. Dos cosas le pasan a Melisa.
Siente una culpa que no le corresponde, pero la siente al fin: “Me siento culpable de no haberle dicho que era un hombre peligroso”, dice.
Sabe que su pesadilla no terminó. “Si en diez años lo largan, a la primera que va a venir atacar es a mí. Lo conozco y sé que cuando recupere la libertad lo primero que va a hacer es venir a buscarme. Quiero que le den perpetua porque no solo me cagó la vida a mí, sino también a Mónica y se la va a cagar a cualquier mujer que se le cruce”, apunta. “¿Y qué van a hacer? Si cuando fui llorando, con ataques de pánico a pedir ayuda no hicieron nada... ¿qué van a hacer ahora?”.
Nada, parece la única respuesta segura.

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