España - El partido político Podemos hace agua

Podemos ha entrado en pánico. El fulminante relevo de la Comisión Constitucional de Carolina Bescansa, la única fundadora junto a Pablo Iglesias que mantenía cargos parlamentarios de responsabilidad, ha abierto en canal al partido. El alineamiento de Pablo Iglesias con las tesis separatistas de Puigdemont y Junqueras, siguiendo las directrices marcadas por la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, ha sumido a la formación populista en una de sus más graves crisis. Iglesias, que había desoído las últimas críticas internas lideradas por Bescansa y el exjefe de Izquierda Unida, Alberto Garzón, contrarios a secundar el desafío secesionista en Cataluña, ha tenido que dar un volantazo a la desesperada, acallando así a una de las voces más respetadas en la formación, cuya caída del coche en marcha sucede a la de los otros tres históricos de Podemos, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón y Luis Alegre, hoy apartados del poder por Iglesias, en una purga que inquieta a las bases.

Las quejas internas durante las últimas semanas han sido un clamor. La falta de un discurso nacional, en defensa de la legalidad constitucional, se dejaban sentir entre los cuadros medios que veían en peligro el mantenimiento de los cinco millones de votos que cosecharon en las últimas elecciones y que estuvieron a punto de provocar el sorpasso al PSOE. Las grietas internas tomaron cuerpo cuando se conoció que Iglesias se entregó a las ideas separatistas tras cenar, tan solo unas horas después de la manfiestación popular contra el atentado yihadista en Barcelona y Cambrils, en casa del presidente de Mediapro, Jaume Roures, agente activo en el referéndum, con el vicepresidente de la Generalitat, Oriol Junqueras, y con el portavoz de su confluencia catalana, Xavi Domenech.

Las alarmas se encendieron al comprobar que el viraje llevaba al tercer partido con implantación parlamentaria en el Congreso, que dice ser de izquierda, a secundar una ideología basada en la desigualdad, el privilegio de un territorio sobre los demás y las políticas insolidarias con las Comunidades más pobres. Y empeñada, además, en acabar con la unidad de España.

Las encuestas que manejaba Bescansa alertaban de una desmovilización de su voto fuera de Cataluña y, ni siquiera arrojaba un horizonte más favorable en esa Comunidad, donde las opciones de crecimiento las capitalizaba Colau y no Podemos. Frente a ese panorama, tanto Iglesias como Irene Montero decidieron hacer oídos sordos y dirigir su estrategia a denostar al PSOE por su alianza con el Gobierno y Ciudadanos, para responder al golpe de la Generalitat. También en esa clave, el propio Iglesias fue advertido de la más que segura posibilidad, como luego han certificado las encuestas, que el partido de Pedro Sánchez rentabilizara en el electorado de izquierda su apoyo a la legalidad y al restablecimiento del orden constitucional en Cataluña. Además, las discrepancias de los suyos fueron en aumento cuando se conoció que el líder socialista había conseguido del presidente del Gobierno el compromiso de una reforma constitucional de la que ahora la izquierda radical y populista se quedaría fuera. Touché a Iglesias, que había hecho, desde 2014, de la reforma de la Carta Magna uno de sus compromisos fundacionales. Finalmente sería su gran enemigo, el PSOE, el encargado de capitalizar uno de los únicos consensos que podría suscribirse esta legislatura.


Los modos autoritarios del líder populista tambien empiezan a ser mal encajados. Algunos cercanos le acusan de nepotismo, tras haber colocado a Irene Montero, con la que ha mantenido una relación personal, primero como portavoz parlamentaria tras fulminar a Errejón y ahora como vocal de la Comisión Constituyente, tras defenestrar a Bescansa. Y todo solo unas semanas después de que los representantes de 11 de las 16 comisiones de garantías autonómicas de los populistas firmaran una declaración conjunta para denunciar públicamente los nuevos estatutos de Iglesias por su falta de transparencia y para exigir que se revocara el expediente disciplinario dictado por Iglesias contra Olga Jiménez, una de las dirigentes no afines a la dirección.

La tendencia al hundimiento electoral de Podemos, que hace agua, es más que evidente y puede ser dramática en los próximos comicios, según temen en la formación. De hecho, el partido de Iglesias ya perdió en junio de 2016 cuatro de los cincuenta escaños obtenidos durante la mínima legislatura anterior. Tanto que solo controla 46 de las 71 actas que cosecharon las fuerzas radicales en confluencia. Esa debilidad territorial, que se ha acentuado durante los últimos meses ante el referéndum ilegal del 1 de octubre, se une a la imperiosa necesidad de construir un discurso propio más allá del impacto que tuvo Podemos como respuesta política a la corrupción y a la crisis económica.

No hay un solo dirigente de Podemos que no reconozca en privado que ese tiempo ha pasado y no ha sido aprovechado, ni siquiera cuando Pedro Sánchez demandó el voto favorable de Podemos en su fallida investidura de enero de 2016 e Iglesias respondió exigiendo, en clave de república bananera, el nombramiento de sus afines en los Ministerios más poderosos, además del control de TVE y el CNI. Las malas relaciones de la dirección de Podemos con los medios de comunicación, que obligó a que la Asociación de la Prensa -en un acto insólito- denunciara públicamente el acoso a los periodistas, no han ayudado a la paz interna en el grupo parlamentario, marcado además por la justificada sospecha política por los vínculos económicos e ideológicos de la formación morada con regímenes dictatoriales, como los de Venezuela o Irán. Tocado y hundido, dicen de Iglesias los purgados en Podemos. Que ya son legión.

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