Así se vende por dos euros una niña-esposa en Kabul

Caminar por el laberinto de calles estrechas que es el Mercado de los Pájaros de Kabul, entre cientos de tiendas a rebosar ofreciendo todo tipo de mercancías, es como meterse en una máquina del tiempo que te transporta al Afganistán que antaño fue un punto estratégico de la Ruta de la Seda. Éste es un lugar donde la luz del sol aparece y desaparece perdiéndose entre callejones de otra era. Un universo que existe por sí sólo dentro de la capital. Una ciudad comercial en la que los mercaderes están dispuestos a vender cualquier cosa. Porque aquí el dinero es amo y señor. Aquí todo tiene un precio. Incluso las niñas.

Después de varias semanas estableciendo una relación telefónica con Akbar, un presunto "intermediario para hombres que buscan buenas esposas", según se define él mismo, éste accede a reunirse en el mercado para discutir los términos de una "facilitación", eufemismo para decir compra, de una cónyuge "joven pero lo suficientemente madura para ser una esposa prolífica". En este mercado a la vera del río Kabul, maravilla arquitectónica del medievo hecha con madera hasta que fue destruido durante la guerra contra la Unión Soviética, cualquier hombre con dinero en el bolsillo puede encargar, encontrar y comprar una esposa para sí o para alguno de sus familiares.

El día del encuentro en el mercado más antiguo de la capital afgana, con más de 500 años a sus espaldas y situado detrás de la gran mezquita de Pul-e Khishti, caminamos a través de callejuelas en una maraña de paseos estrechos y pequeños bulevars donde, además de tiendas vendiendo animales, utensilios para la casa, comida, especias y ropa, también hay pequeños cafés a la intemperie donde hombres venidos de todo el país se reúnen para vender sus productos y toman chai, el té afgano, con mercaderes y todo aquél que tenga algo que ofrecer. Es aquí donde se negocia el precio de una dote y donde los más desesperados ofrecen a sus hijas.

Recorremos el pequeño paseo donde se agrupan los vendedores de pájaros que han hecho famoso al lugar, para luego internamos en una callejuela cuya entrada está casi camuflada entre dos tiendas con docenas de aves revoloteando en sus jaulas. Nos lanzamos al interior y, tras unos metros, el corredor se ensancha para acoger a un pequeño restaurante, en el que nos hemos citado con Akbar, que ronda la treintena y es de etnia pastún. Un hombre bien parecido que se levanta y nos saluda a la afgana, una acción entre la reverencia y el abrazo, luciendo un magnífico Pakul -el sombrero típico de aquí- adornado con ribetes dorados, signo de abundancia, y vistiendo, impoluto, un tradicional shalwar kameez.

"No secuestro a niñas; ésta es mi cultura"
A pesar de que el intermediario sabe de sobra que en Afganistán el matrimonio infantil es ilegal, éste está tan extendido que hablar del mismo sin tapujos sorprende menos que el hecho de que un extranjero esté sentado en un café local. El incremento de la violencia y la criminalidad en la capital mantiene a la mayoría de expats tras muros y alambradas de espino, y muy pocos tienen permiso para aventurarse a pie en las calles.

"Ésta es mi cultura, yo no hago nada que no se haya hecho durante cientos, incluso miles de años. Desde antes del Profeta, Dios lo tenga en su gloria. La mujer debe formar una familia, yo las ayudo a encontrar un marido", explica resumiendo su actividad. "No secuestro a niñas, ni obligo a nadie a darme a sus hijas. Lo que hago es poner en contacto a las familias que han decidido casarlas con hombres que necesitan una mujer", añade, seguro de sí mismo y sin ningún remordimientoaparente, a sabiendas de que muchas de esas familias viven en la extrema pobreza y, desprenderse de sus niñas es, sin duda, un acto de desesperación.

Akbar cifra la operación para encontrar "una mujer satisfactoria si su familia accede" en 150 Afganis, apenas dos euros, por la esposa, y 10.000 Afganis, unos 123 euros, para su intermediación y la dote, así como "necesitaré más información sobre vuestras preferencias. La edad, más o menos, el origen, que sepa o no escribir. Ese tipo de cosas. Tengo contactos por todo el país, sobre todo en el este, donde encontrar una esposa es fácil".

Akbar se fija en el anillo de casado de mi acompañante afgano, cuyo nombre mantenemos en el anonimato por motivos de seguridad. "Las segundas y terceras esposas son las mejores", en Afganistán un hombre puede tener hasta cuatro, "las jóvenes son las que se adaptan más rápidamente a su nueva familia". ¿De qué edad?, pregunto. "Depende de si es de Kabul o de las provincias. Aquí es fácil encontrar a una buena esposa de unos 15 años, obediente y preparada", responde como si hablara de una mercancía. "En las provincias se puede encontrar un esposa más joven".

Fotografías del horror
Akbar se saca del bolsillo un teléfono y nos enseña cinco fotografías de mujeres que ha "facilitado", todas ellas de apariencia pastún, la etnia mayoritaria en el país y que cuenta con el mayor número de desplazados por el conflicto. Las fotos que nos muestra son, sin duda, menores de edad, todas con la mirada perdida y caras que van más allá de la tristeza. Sin embargo, Akbar asegura que "ahora todas ellas tienen una vida mejor".

Para seguir adelante con el proceso para adquirir una esposa, Akbar dice conocer a "varias mujeres que han venido desde Helmand debido a la guerra, cuyas familias están dispuestas a discutir los términos de un encuentro". Familias que han huido de sus hogares debido al conflicto y que malviven en ese campo para desplazados internos, y donde muchas de éstas venden a sus hijas para intentar salir así de la más absoluta pobreza, puesto que la dote de una niña afgana puede significar el sustento de una familia durante meses.

Acabadas dos tazas de té, Akbar nos emplaza a "reunirnos de nuevo para discutir mejor los términos".

Mientras, el Plan Nacional de Acción para la Mujer, creado en 2007 y en el que, entre otras cosas, se establece una estrategia para acabar con el matrimonio infantil, sigue acumulando polvo ante "la falta de voluntad del Gobierno afgano a la hora de implementarlo", según se lee en un informe publicado recientemente por Human Rights Watch, en el que añaden: "las niñas esposas afganas necesitan algo más que promesas vacías".

Niñas que a diario, por todo el país, son víctimas de depredadores como Akbar.Víctimas de la pobreza, víctimas de la comunidad internacional que invierte en su bienestar pero que no exige responsabilidades al Gobierno de Kabul por no utilizar esos fondos en programas como el Plan Nacional. Víctimas de una cultura en la que la mujer sigue siendo un objeto.

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