Bin Salman agita el establishment saudí

Hay cosas casi mágicas que solo pueden ocurrir en Arabia Saudí. Por ejemplo, que el sábado pasado el viejo soberano Salman firmase el decreto de creación de un comité anticorrupción, presidido por su hijo Mohamed, y la cascada de detenciones se produjera casi en paralelo, sin tiempo para la investigación. Entre los detenidos figuran once príncipes –descendientes por línea directa del fundador de la dinastía–, cuatro ministros y decenas de exministros, según informaron fuentes oficiales saudíes. Todos ellos han sido acusados de diversos delitos económicos: lavado de dinero, extorsión, soborno y tráfico de influencias.

Entre los detenidos destaca el hombre más rico del país y uno de los grandes inversores mundiales, el príncipe Alwaleed bin Talal, propietario de grandes hoteles de lujo y accionista de muchas empresas punteras como Citigroup, Apple y Twitter. Sorprende, por su impacto político, la caída del jefe de la Guardia Nacional, el príncipe Miteb bin Abdullah, uno de los más infuyentes en el entramado de la Familia de los Saud, al que se acusa de «enriquecimiento ilícito» a través de contratos militares. En la lista de detenidos figuran personalidades empresariales –claves para la política de inversiones que pretende atraer Arabia Saudí–, entre los que quizá destaca el heredero de la firma Bin Laden, la constructora de la familia del fundador de Al Qaida que ha dejado su impronta en todas las infraestructuras del reino.

Buscar rastros de corrupción en todos los niveles es muy sencillo en un régimen de monarquía absoluta, en el que los «siete mil príncipes», herederos más o menos directos del rey Saud, ocupan todos los puestos de la administración pública, y en el que es difícil –por no decir imposible– distinguir la frontera entre el dinero público y el privado.

¿Cuál ha sido el criterio del príncipe heredero Bin Salman para seleccionar las primeras víctimas? Un primer análisis apunta a los representantes del establishment del régimen más reaccios a ciertos cambios polémicos que pregona el joven Mohamed bin Salman. Entre otros, la privatización parcial de empresas públicas –empezando por la petrolera Aramco–, más apertura a la inversión extranjera, proyectos públicos faraónicos para crear empleo, o la concesión de algunos derechos a las mujeres para facilitar su incorporación al sistema productivo. La tolerancia religiosa no figura en la lista.


La purga –meditada durante algún tiempo por el «hombre fuerte» saudí– iría dirigida a lanzar una seria advertencia al clan de los Saud para abortar, con un golpe preventivo, toda resistencia posterior. También encubre una intención de concentrar todo el poder en manos de Mohamed bin Salman, poniendo así fin al reparto no escrito de áreas entre las principales ramas del fundador de la dinastía.

La puesta en escena ha sido impecable: un decreto real como pantalla, nocturnidad y ejecución inmediata. Según algunas fuentes locales, recogidas por Reuters, algunos de los detenidos se encontraban el sábado en el lujoso hotel Ritz-Carlton de Riad cuando los servicios secretos se los llevaron en sus propios vehículos dejando atónitos a sus guardaespaldas. Irónicamente, los empresarios y exministros asistían a una conferencia internacional sobre inversiones en Arabia Saudí. Las autoridades dieron asimismo instrucciones ayer a los aeropuertos privados del reino para que no dejaran despegar a los jet privados sin una autorización especial de Palacio. Las cuentas de los detenidos han sido congeladas, tal como establecían las competencias otorgadas a su hijo por el enfermo rey Salman.

Aventurerismo

El «modus operandi» de la purga recuerda el golpe de palacio que otorgó el poder a Bin Salman el pasado mes de junio. Hasta ese mes, el título de príncipe heredero correspondía al sobrino del rey y ministro del Interior, Mohamed bin Nayef. En un oscuro episodio, en el que se menciona consumo de drogas y un secuestro en las dependencias palaciegas, el título de príncipe hederero pasó entonces a manos del hijo pequeño y favorito del rey, Mohamed bin Salman, de 32 años.

El impacto en la economía mundial será inevitable, una vez que se conozca el futuro judicial de los empresarios saudíes detenidos, que tienen mucho capital en algunas de las principales compañías mundiales. Pero además los expertos apuntan al efecto negativo para las inversiones en Arabia Saudí, dentro del megaproyecto de Bin Salman de diversificar la economía del reino, centrada por completo en el petróleo. Los mensajes populistas –dirigidos en gran medida a los menores de 30 años, más de la mitad de los saudíes– contrastan con la fogosidad y el espíritu aventurero del futuro monarca, que ha visto fracasar su operación bélica en el Yemen y se siente narcotizado por el espíritu conspirador como ha puesto de relieve el episodio de la dimisión del primer ministro libanés, Saad Hariri.

Fuente: abc.es
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