El pueblo argentino al que sólo se entra por Bolivia

Para pisar esta parte de suelo argentino hay que hacer antes Migraciones. Allí viven mujeres centenarias que no saben quién es el presidente, la única canchita de fútbol es el aeropuerto y los bosques parecen de cuento. 


Doña Eugenia Vaca, viuda de Coca, nació de la misma forma en que tuvo a sus 12 hijos: sin la ayuda de una comadre entrenada, en una casa del campo. Atravesando los cerros con ella en brazos, su madre y su padre llegaron hasta la iglesia para bautizarla y asentar su nacimiento. Allí atendía un cura medio sordo, un tipo fiero que se enojaba si no entendía bien algo. “¿Fue el 6 de agosto?”, preguntó el párroco, aunque el hombre le había dicho claramente que el alumbramiento se había producido un mes después. “Tenía miedo que le pegara”, cuenta ahora Doña Eugenia, recordando entre risas por qué su papá no se animó a contradecir al sacerdote medio loco. Así quedó anotada con una fecha equivocada.

En esa época, hace 81 años exactos, el lugar en donde nació Doña Eugenia era territorio de Bolivia. Pero después se transformó en parte de la Argentina. Por eso, esta señora, que aún comanda con energía un clan enorme, no sólo tuvo en su haber dos fechas de nacimiento. También dos países.

Este sitio, al Este del río Bermejo, queda en la provincia de Salta. Su pueblo principal se llama Los Toldos. Hay varias teorías sobre el nombre. Dicen, por ejemplo, que las nubes al atardecer forman una suerte de toldo sobre sus casas, que tampoco son muchas. Según el último censo, había 2.300 personas viviendo en esta zona privilegiada de Las Yungas, donde hay –como en los cuentos– ardillas coloradas que se trepan traviesas a los nogales.

En 1938, Los Toldos –que se había fundado en el siglo XVI bajo la égida de la ciudad boliviana de Tarija como lugar de pastoreo de ganado– pasó oficialmente a ser patrimonio de la Argentina. Y Yacuiba, que era de la Argentina, pasó a ser parte de Bolivia. Este enroque quedó establecido en un tratado bilateral firmado de 1925, que venía a corregir los errores en un acuerdo anterior, de 1889, de demarcación de límites. Desde entonces, todo tiene una identidad doble, de aquí y de allá. Con toda la riqueza histórica y cultural que eso supone. Y también con sus inconvenientes.

En cierta forma, Los Toldos quedó también como colgado del mapa, igual que esas nubes que emanan con encanto de la selva y cubren los cerros. Para llegar allí desde cualquier punto de la geografía salteña hay que pasar sí o sí por Bolivia, trámite migratorio mediante. La boliviana es una ruta fantástica que cruza por montañas, cuyas laderas están salpicadas por las copas violetas de los lapachos. Pero lo más raro es que el puente internacional que atraviesa el Bermejo (que justo comienza a correr en ese punto, tras la confluencia de dos arroyos de montaña) no está reconocido en los hechos por nadie. Y esto es porque no hay un puesto de migraciones en el que se registre formalmente la entrada (o salida) de personas a la Argentina. Así que si uno pasa más de tres meses en Los Toldos y quiere regresar a Orán, en Salta, tendrá que pagar una multa de 3.000 pesos en Bolivia porque se le venció la visa boliviana. Eso es porque, técnicamente, uno nunca abandonó ese país cuando ingresó nuevamente en Salta, por una ruta de tierra, salpicada de pozos. Esto genera unos líos tremendos en este pueblo remoto, encantador, un escenario casi mágico, con personajes como en ningún otro sitio del país.

En virtud, el puente sobre el Bermejo se torció a poco de la inauguración. Luego, fue reemplazado por un puente más sencillo, de una mano, que construyó el Ejército. Así fue cómo el roldanero, el tipo que cruzaba el río con un carrito que colgaba de una cuerda con una roldana, se quedó sin trabajo.

Esperando el avión. Ya pasó la hora del mediodía y Doña Ceferina, con su diminuto cuerpo huesudo y su sombrero de fieltro, camina en dirección hacia la única cancha de fútbol. Cuando no hay nadie practicando entre sus arcos, la canchita es, además, pista de aterrizaje. La señora mira hacia el cielo como buscando algo. Quiere ver al menos si hay una señal del avión que trae el dinero de la jubilación desde Salta capital. Ni el dinero ni las armas de la Gendarmería o de los guardaparques de la Reserva Nacional El Nogalar y el parque Nacional Baritú pueden entrar por Bolivia.

Doña Ceferina no sabe cuántos años tiene ni quién es el presidente. Foto: Rubén Digilio.

–Abuela, ¿cuántos años tiene?

–No me acuerdo, contesta.

Se ríe la señora. Parece centenaria. Y no es la única. Ella cuidaba a una tal María Jacinta, pero ésta ya “estiró la pata”, cuenta espontáneamente. “Temblaba toda la finada”, sigue diciendo. Ahora, Doña Ceferina vive sola. Ni sabe quién es el presidente. Mientras sigue su rumbo, ella se topa con gallos y chanchos. Las gallinas, por alguna razón, prefieren la copa de los árboles como punto de observación del mundo.

Ese día era la fiesta de San Roque en el pueblo. El mismo San Roque del dicho: “San Roque, San Roque, que este perro ni me mire ni me toque”. Es el santo protector de los animalitos. Nadie sabe si se trata sólo de los animalitos domésticos o de los del monte también. No importa. Esteban Acosta, 78 años, pasa vestido con un poncho colorado y un sombrero sobre una moto. Le decimos el “motogaucho”. Va hacia un solar donde se están juntando todos: las imágenes rituales, las mujeres consumidas por la devoción religiosa y los borrachos.

Teodoro Gareca, allí, es el que le pone música al encuentro. Está tocando una melodía de apenas dos acordes con un erke o caña. Es un sonido grave. Y la verdad que hay que tener tripas para obtenerlo. El señor toca un rato. Después viene otro paisano. Y entre pausa y pausa, toma con los otros presentes vino en tetrabrick. La mujer de Gareca anda repartiendo chicha a todo el que quiera en un único vasito descartable. Las mujeres parecen las más devotas, rezan frente a las representaciones de la virgen y de San Roque. Su concentración contrasta con la alegría bullanguera de los borrachos.

Músicos tocando el erke o caña para festejar la fiesta de San Roque. Foto: Rubén Digilio.

Antes, cuenta una parroquiana, la señora Alejandra, todo el pueblo hubiera venido a esta fiesta. Ahora, la mitad de Los Toldos parece haberse pasado a los Testigos de Jeová. La palabra “Shalom” corona la entrada de ese templo. Al revés que estos parroquianos, ellos no pueden tomar alcohol.

El cartero. La calle Sandalio Quispe arranca en el medio del pueblo. Y luego se interna en El Nogalar de los Toldos, un bosque encantado donde dicen que los duendes hacen travesuras. La reserva comienza entre árboles cubiertos de una especie de liquen al que le dicen Barba de viejo y termina en un pastizal de altura. Por todos estos ambientes caminaba sin pausa un señor verdaderamente llamado Sandalio Quispe. Debe haber sido una tarea cotidiana y heroica. Por algo le rindieron el homenaje. Era el cartero. Llevaba correo, encomiendas y telegramas por el sendero donde hoy, todavía, los perros ovejeros llevan con un celo notable el rebaño de corderitos sin ayuda de ningún ser humano.

Esta senda lleva hasta Santa Victoria, ya en la Puna. De allí aún bajan los pobladores caminando para ofrecer papas, carnes y lana, y hacer trueque con los habitantes de Las Yungas, una región que les da maní, ají y frutas. Hasta hace poco, Los Toldos también participaba del intercambio. Ahora, sólo la gente de los pueblos cercanos de Baritú y Lipeo lo sigue haciendo. Ahora, Los Toldos tiene supermercado.

Onorato Cardoso, habitante del pequeño poblado de Baritú, una de las maravillas de Argentina. Foto: Rubén Digilio.

En uno de ellos, en plena tarde, la señora Berta le da teta a su niña mientras espera a la clientela. La mayor parte de los productos han venido desde Orán, atravesando Bolivia. A veces, la policía de ese país se pone pesada, por lo que todo en Los Toldos es más caro. “El precio de vivir en el paraíso”, dicen algunos. Berta también tiene algunas cosas bolivianas: galletitas, golosinas, tinturas… La señora de la verdulería, en la otra punta del pueblo, cerca de la Iglesia (o como dicen muchos: “la inglesia”), también trae todo de Bolivia.

Bolivia es omnipresente, como el cerro Bravo, que corona el pueblo. Todos tienen parientes allí. Y todos han sido parte de su historia. Como el bisabuelo de Elio Romero, que se fue a pelear a la Guerra del Chaco (1932-1935), apenas unos años antes de que entrara en vigencia el tratado con Argentina que lo hubiera exceptuado de ir al frente. El señor sobrevivió al sangriento conflicto, pero perdió un brazo. Y se murió justo cuando su pueblo cambió la bandera tricolor por una celeste y blanca. Su esposa quedó viuda. Y para cobrar la pensión tenía que ir a lo que era ya otro país. Y llevar un certificado de buena conducta expedido por una autoridad competente.

“El suscripto Intendente de esta Policía certifica que la señora María Coca de Ramires (SIC) no ha tomado nupcias y hasta la fecha se mantiene sola tan solamente con su familia los que son hijos menores de edad de la referida”, decía la nota que debía presentar la señora en Tarija. “Ella mantiene una buena conducta en su vida pribada (SIC).”

El “viejo” país. El río Lipeo es corto pero torrentoso y lleno de mariposas que lo sobrevuelan. Corre haciendo meandros bien definidos, dibujando un paisaje de belleza emocionante. Piedras gigantes, rápidos que vomitan espuma… Ese era el límite antiguo con Bolivia. Por eso, los habitantes del pueblo de Baritú, que está del otro lado, dicen que ellos son los verdaderos argentinos. “Esta es la Argentina vieja”, asegura Onorato Cardoso, 60 años. Está bastante entonado . Y ríe de cualquier cosa con sus amigos, que tienen el cachete inflado de mascar coca. A Onorato se le tuerce la voz, pero no la coherencia. Llamativamente.

Baritú, como el parque nacional del mismo nombre, es apenas un caserío. Todas las casas tienen paneles solares. “Antes tenía mechero”, dice Onorato. “Ahora tengo WhatsApp”, y ríe con su risa alcohólica. Su madre es la señora Carmen. Tiene más de 100 años. Pero ya nadie los cuenta. Ni ella. La encontramos metida en su cocina llena de humo. Cualquiera hubiera dejado sus pulmones allí, pero ella está haciendo dulce de cayote. Y no se inmuta. Anda de buen talante.

Doña Carmen Cardoso. Tiene más de cien años. Ya ni cuenta el tiempo. Foto: Rubén Digilio.

“Me he criado comiendo carne de bicho”, dice la señora, como forma de explicar su extraordinaria longevidad. Los “bichos” son los chanchos de monte o pecaríes y las corzuelas: la fauna de Las Yungas. Ella sabe que era una niña cuando los famosos helechos de Baritú, que son gigantes, eran todavía enanos. Está casi ciega, pero puede ver en la historia. Sus amigos ya no la visitan porque están todos muertos. Cuando era joven, iba en caravana a Orán a buscar productos. Era una travesía por tierra de cinco días de ida, cinco de vuelta. Siempre se dormía a la intemperie, entre mulas y caballos. Su hijo nos señala ese viejo camino: apenas una línea que se divisa en la montaña.

Pato de los torrentes posando en el río Lipeo, antiguo límite entre Argentina y Bolivia. Foto: Rubén Digilio.

El bosque de Baritú que le daba de comer a Doña Carmen sigue ahí, en pie. Se salvó de las topadoras porque el terreno es montañoso. Si no, quién sabe. Hace muchas décadas le arrancaron casi todos los cedros, árboles centenarios que quedaron convertidos en pisos, mesas, sillas que se usan en los grandes centros urbanos... Vemos, sin embargo, algunos ejemplares impresionantes que zafaron de la codicia. Son enormes: siete personas nos damos las manos, estirando al máximo los brazos, y recién entonces logramos rodear un árbol.

Es por la antigua explotación maderera que hay camino entre Baritú y Los Toldos. Tal vez éste no existiría de no haber sido por esa actividad. Por eso, las comunidades indígenas, como la Arazay, no quieren saber nada con que le construyan la ruta a Santa Victoria, que sacaría del aislamiento a Los Toldos. “No pueden mantener los 18 kilómetros desde la frontera hasta acá, no van a mantener los 200 kilómetros de tierra que cruza toda la selva”, se queja Roberto, un miembro de un pueblo colla.

Es así que Los Toldos sigue entre las nubes. Ahora llegan más turistas argentinos porque quieren conocer El Nogalar y Baritú. Pero, casi todo el tiempo, vienen más bolivianos. Van hacia unas termas sobre el río Lipeo, donde la tierra vomita agua con azufre a más de 50 grados. Esto es bueno para los riñones, los intestinos, el hígado, la próstata… Las familias bolivianas hacen sin problemas un trayecto a pie por un camino encantador que va desde el pueblo de Lipeo hasta las termas. Lo hacen a pie con todo lo que hay que llevar: las carpas, las sillas, la ropa, las ollas, las gallinas... Vemos una señora desplumando una, mientras la marmita ya escupe los vapores del hervor, que predicen una sopa deliciosa. Todos contentos. Y saludables. Obvio.

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