Trump viaja a Asia para respaldar a los aliados y reforzar el cerco a Pyongyang

Trump zarpa con una señal en lo alto del mástil. En las aguas del Pacífico Occidental ha reunido a sus más poderosos portaviones: Nimitz, Theodore Roosevelt y Ronald Reagan. Con su cohorte de submarinos, destructores, acorazados, misiles y cazabombarderos, se trata de la mayor concentración de la Armada estadounidense en la zona en 10 años. Un mensaje inequívoco de que el hombre que mañana llega a Japón no piensa reducir la tensión.

Corea del Norte se ha vuelto la pesadilla de los estrategas americanos. Su acelerada carrera por lograr un misil balístico intercontinental con capacidad atómica ha roto las reglas del juego. Washington lo considera un desafío directo y ha decidido emprender la escalada. El propio Trump ha amenazado con arrasar el territorio norcoreano si Pyongyang no abandona su programa nuclear.

La Casa Blanca admite que este objetivo es imposible sin apoyo internacional. “El presidente reconoce que estamos corriendo contra el reloj y que necesitamos que el resto de naciones haga más”, afirma en una reunión con periodistas el consejero de Seguridad Nacional, Herbert R. McMaster.

La meta es asfixiar al régimen de Kim Jong-un. Para ello, tanto EE UU como la ONU han aumentado el castigo. Una vuelta de tuerca a la que se ha sumado China, que absorbe el 90% del comercio exterior de Corea del Norte. “Pekín está haciendo mucho más que antes, pero obviamente aún no lo suficiente”, dice McMaster.

El deseo de Washington es que el poderoso y reelegido presidente chino, Xi Jinping, corte completamente las compras de carbón, cierre todas las cuentas bancarias controladas por Pyongyang y devuelva a su país a los trabajadores norcoreanos. “Eso es esencial para frenar a Kim Jong-un. Pero no agota el abanico de posibilidades. Este viaje es una oportunidad única para coordinar con Seúl y Tokio otras medidas de presión”, explica Anthony Ruggiero, experto de la Fundación para la Defensa de la Democracia.

El juego americano con Corea del Sur y Japón dista del que mantendrá con China. Son aliados y también objetivos militares de un posible ataque norcoreano. Esta amenaza ha generado un espinoso clima de inseguridad. En Japón el debate es incipiente, pero en Corea del Sur las encuestas ya muestran que un 60% de la población es favorable a la construcción de la bomba atómica y que un 70% apoya que EE UU reintroduzca armas nucleares tácticas. Un paso al que se opone el presidente surcoreano, Moon Jae-in. “Tener armas nucleares no hará más seguros a Seúl ni a Tokio, sino que puede proveer a Pyongyang de un argumento adicional para su programa nuclear”, dice Ruggiero.

A estas claves militares, el viaje de Trump por Asia añade un importante factor económico. La gira también incluye la asistencia al Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), en Vietnam, y como remate la participación en la cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Asean), en Filipinas. Aunque las expectativas son altas, las alforjas que acompañan a Trump son magras. Quizá la más importante sea su propio tono. Tras abandonar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación (TPP), el heraldo del aislacionismo ha bajado la voz. Aunque la flota manda un importante mensaje.
Afianzar la “gran amistad” con Xi Jinping

A Donald Trump no le gusta viajar al extranjero. Más de una vez lo ha dicho. Pero en esta ocasión, el cargo le va a embarcar en la gira más larga efectuada por un presidente estadounidense a Asia desde 1991. Aquel periplo acabó con George Bush padre enfermo tras una cena en Tokio. En esta ocasión no se teme por la salud del hiperactivo Trump, de 71 años, pero sí por su capacidad para controlar sus impulsos y mostrar las capacidades que la alta diplomacia requiere.

La clave radicará en sus reuniones con el presidente chino, Xi Jinping. Trump llega acompañado de 29 ejecutivos deseosos de cerrar acuerdos y ganar espacio en la economía china. Xi deparará a su homólogo una visita que la Casa Blanca considera de máximo rango, con paseo por la Ciudad Prohibida y parada militar. Ambos ya se conocieron en Mar-a-Lago (Florida). Aquella reunión coincidió con el bombardeo a Siria y sirvió para forjar lo que Trump no ha dudado en calificar como una “gran amistad”.

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