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Arabia Saudí, con sus 32 millones de habitantes, no es el país más poblado de Oriente Próximo, ni el de mayor riqueza per capita. Pero su condición de guardián de los lugares sagrados de Meca y Medina, y el pacto tácito entre la monarquía de los Saud y la –quizá– más radical de las corrientes musulmanas suníes, mantienen siempre encendidas sus ambiciones de convertirse en superpotencia hegemónica en el área. En términos reales, solo tiene dos grandes rivales musulmanes en la región: Irán (82 millones de habitantes) y Egipto (93 millones). La acérrima disputa con el régimen chií iraní se canaliza hoy por poderes, a través de las guerras de Siria y Yemen. Con Egipto, Arabia Saudí ha establecido una entente relativamente cordial al encontrar un enemigo común: Qatar.

La rivalidad entre Irán y Arabia Saudí tiene dos niveles: el de la profunda enemistad histórica entre árabes y persas, dos pueblos con idiosincrasias y bagajes culturales muy distintos, y el de la diversa interpretación del islam. Arabia Saudí es en su inmensa mayoría suní –la corriente principal, a la que pertenecen más del 80 por ciento de los musulmanes del mundo–. mientras que Irán alberga a la mayor población mundial chií, la corriente minoritaria mahometana en la que se encuadran el 15 por ciento de los musulmanes del globo.

La división fue en su origen una disputa hereditaria, pero a lo largo de los siglos ha desarrollado concepciones distintas del islam, mucho más rigorista, ritual e iconoclasta en el caso del sunismo saudí. El chiísmo iraní, por su parte, ha desarollado una visión integrista de la política –que ha derivado en el régimen clerical jomeinista–, que no se diferencia mucho del saudí debido al pacto de los Saud con el clero de la secta radical wahabí.