Theme Layout

Theme Translation

Trending Posts Display

Yes

Home Layout Display

Posts Title Display

404

We Are Sorry, Page Not Found

Home Page
El estado de emergencia en Túnez, que desde la caída del dictador Ben Alí en enero de 2011 se ha levantado solo en contadas ocasiones, vuelve a aplicarse con mano dura en el país magrebí promotor y modelo de la llamada Primavera Árabe. Las protestas y saqueos de supermercados, iniciadas a principios de año tras el anuncio de recortes y subidas de precios, han llegado ya con cierta virulencia a la capital, después de recorrer varias ciudades del interior. Las autoridades anunciaron ayer que en la noche del martes al menos 45 policías resultaron heridos durante los choques contra los manifestantes en barrios de las afueras de la ciudad.

Las movilizaciones, jaleadas al principio por los sindicatos laicos tunecinos, empiezan a adoptar tintes ideológicos y no solo de protesta económica. Hasta el momento solo se ha informado de un muerto –un manifestante fallecido por asfixia por los gases lacrimógenos–, pero son centenares los detenidos. La protesta podría conocer su climax el próximo domingo, cuando se cumplen 7 años de la caída del dictador Ben Alí y del comienzo de la revolución que luego se extendió por todo el mundo árabe.

En un primer momento las reivindicaciones eran meramente laborales: se exigía al gobierno –formado por una coalición de liberales e islamistas moderados– que pusiera fin a los recortes económicos exigidos por el FMI y subiera el salario mínimo para ayudar a los tunecinos más desfavorecidos. Túnez conoce una tasa de crecimiento de nuevo elevada, el turismo regresa al país, pero la macroeconomía es, como siempre, engañosa. A la espera del retorno de las inversiones occidentales, el Estado necesita créditos blandos, y estos vienen condicionados desde el Fondo Monetario por unas reformas económicas dolorosas.

Al carácter quizá prematuro de los recortes y la subida de precios se suma una crisis política interna que debilita al Estado frente a los intentos desestabilizadores. El partido con más escaños, el islamista Enahhda, ha decidido cortar con el laico Nidaá Tunis del presidente Essebesi, para reforzar su poder en las elecciones municipales de mayo. El Gobierno, aún respaldado por Ennahda, no presenta su mejor forma para plantar cara a las protestas.

Por ahora, los manifestantes son decenas o centenares en ciudad de Túnez y otras localidades, frente a las decenas de miles de la Primavera Árabe tras la inmolación del frutero Mohamed Bouazizi. Pero los promotores están tratando de seguir la misma hoja de ruta. Las redes sociales se movilizan estos días en favor de un levantamiento general, especialmente entre los jóvenes, al grito de «Policía asesina». Uno de los lugares emblemáticos escogidos para las protestas es el Ministerio del Interior, símbolo de la represión de la dictadura de Ben Ali que estos pocos años de joven democracia no han logrado hacer olvidar.

Ninguna de las crudas condiciones de aquella era dictatorial se dan hoy en Túnez. Pese a los avatares de estos años, la nueva Constitución ha logrado ser aprobada, la economía vuelve a sonreir –a pesar de los atentados islamistas dirigidos a hundir el turismo–, y el régimen de libertades parece bien asentado, gracias al elevado nivel educativo de los tunecinos y al valor de las mujeres para defender su igualdad frente al hombre.

No obstante, el régimen de libertad ha tolerado también la acción de proselitismo de los grupos salafistas, especialmente el de los Hermanos Musulmanes, que siguen siendo fuertes en el ámbito rural. En cierto modo por esa circunstancia Túnez ofrece la paradoja de ser –en términos relativos– uno de los países que más yihadistas ha aportado a Daesh. Algunos de esos 3.000 nacionales que lucharon en Irak y en Siria están hoy de vuelta en casa, y otros aguardan para retornar desde la vecina Libia.

7/TENDENCIAS/carousel