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Entre el recuerdo imborrable de una violenta agresión a la soberanía nacional y el deseo de que un alto tribunal mundial repare la centenaria pérdida por el Litoral arrebatado por tropas chilenas un 14 de febrero de 1879, los bolivianos conmemoran esta fatídica fecha. Son 139 años que Bolivia perdió su cualidad marítima y con ello grandes posibilidades de desarrollo vía ultramar.

Bolivia fue arrastrada a una conflagración que no buscó ni deseó, razón por la cual tuvo que defender su soberanía y, en aplicación del Tratado de Alianza Defensiva suscrito con el Perú en 1873, intentó detener, junto a su aliado, el avance de las tropas chilenas que llegaron a ocupar todo el Litoral boliviano, las provincias peruanas de Tarapacá, Tacna y Arica, e incluso la capital peruana, Lima, recuerda el Libro del Mar.

Transcurrieron 139 años cuando alrededor de 1.500 hombres armados desembarcaron en el lugar provocando el miedo de la población, en especial de las mujeres, que fueron sometidas a todo tipo de hechos que quedaron impunes.

El periódico El Comercio, del 28 de febrero de 1879, informó a la ciudadanía de las acciones asumidas por los chilenos:

“El Viernes 14 de Febrero, echan sus anclas con la primera claridad del día, afuera de la angosta rada del puerto boliviano de Antofagasta, el acorazado chileno almirante Cochrane y la corbeta O’higgins de la misma nacionalidad. Llegaba esa flotilla del Puerto Chileno de Caldera, cuya bahía había dejado el día de la antevíspera por la tarde, conduciendo una expedición que desembarcó de 1500 hombres”.

INCOMUNICACIÓN

Según el libro Historia de Bolivia, de José de Mesa, Teresa Gisbert y Carlos D. Mesa Gisbert, la invasión inició unilateralmente el conflicto bélico. Al no existir líneas telegráficas en nuestro territorio, la noticia llegó a La Paz, por la vía de Tacna. El vapor Amazonas llegó al atardecer del 19 de febrero a Tacna, con la noticia, en tanto, el cónsul boliviano Manuel Granier escribió una carta al Presidente y la envió con el chasqui Gregorio Collque (Goyo) que hizo el máximo esfuerzo y cubrió la distancia a La Paz en cinco días. El 25 de ese mes le entregó la carta al presidente de ese entonces, Hilarión Daza y el 26, el Gobierno boliviano hizo una proclama a la nación comunicando la agresión y estableciendo los aprestos para la defensa.

El ataque llegaba en un pésimo momento para Bolivia, porque una inclemente sequía en 1878 había generado desabastecimiento en los mercados, hambruna, peste y gran mortandad.

Una débil defensa se organizó en Calama al mando de Ladislao Cabrera, con 150 hombres, la mayoría civiles, entre los que luego destacaría Eduardo Avaroa, un comerciante de San Pedro de Atacama que combatió en el puente Topáter. Murió peleando como un valiente a los 41 años de edad, y cuya frase hasta el día de hoy se ha convertido en inmortal para el pueblo boliviano cuando arengó a las tropas chilenas que pedían su rendición : “Rendirme yo, que se rinda su abuela c….!!!”

ANTECEDENTES

Según la obra de la familia Mesa Gisbert, previa a esta acción inicial a la conflagración, sin declaración de guerra y que terminaría con la apropiación de 400 km de costa y 120 mil km2 de territorio, se registraron varias acciones chilenas años antes, fruto de la ambición chilena y su geopolítica expansionista.

Atacama, una región boliviana inhóspita, se convirtió en el motivo del conflicto en el siglo XIX porque guardaba la mayor riqueza del mundo de guano y salitre, y con ambos productos se podían fecundar otras tierras.

La historia, difundida en el contexto internacional, refleja que en 1857, fuerzas navales chilenas desembarcaron en Mejillones para consolidar la toma del citado territorio. El Congreso boliviano, entonces, hizo una declaración de guerra que no pasó de ser un acto simbólico dada la incapacidad bélica del país. Tampoco funcionó la diplomacia y Chile se hizo de las riquezas del Litoral boliviano.

En 1866, Chile logró que Melgarejo le cediera la mitad del Litoral y, según el tratado suscrito, la otra mitad sería sometida a una medianería, es decir, Bolivia y Chile compartirían las riquezas en partes iguales.

En 1878, un año antes de la invasión, una ley boliviana había dispuesto cobrar 10 centavos por cada quintal de salitre exportado, lo que de plano fue rechazado por la Compañía de Salitres Antofagasta, consorcio chileno–británico.

Ese fue el motivo que Chile encontró para invadir el puerto de Antofagasta. Las tropas se apoderaron de las minas de plata de Caracoles y los depósitos de guano de Mejillones.

De acuerdo con Mesa, hacia 1870 la gran riqueza argentífera despertó una verdadera fiebre en la zona, por entonces se producían 53.000 toneladas de guano anuales y el vecino Perú, 100 mil toneladas.

En esa línea, el entonces presidente Andrés de Santa Cruz decidió conformar una confederación entre Bolivia y Perú (1836) que puso en evidencia las tensiones regionales y evidenció la desesperación de Chile, que tiene un territorio pobre y escaso en recursos naturales. Esa realidad en la que convivía el pueblo chileno fue la que “iluminó la mente” del nefasto chileno Diego Portales, que en una célebre carta al general Blanco Encalada, que marchaba a combatir a Santa Cruz: “Unidos estos dos Estados serán siempre más que Chile”, señala Mesa.

De inmediato, Chile creó confusión en torno a los límites con Bolivia: en 1842 tomó el morro de Mejillones en el paralelo 23°, dos más arriba que la frontera real.

Un año después, el presidente chileno Manuel Bulnes creó la provincia chilena de Atacama, que colindaba con el desierto boliviano de Atacama, con el propósito de confundir nombres y soberanías. El Gobierno de Bolivia reclamó sin éxito.