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Mucho antes de que Quentin Tarantino instigase a Uma Thurman para rodar una peligrosa escena de «Kill Bill: Vol. 2», provocando un accidente que casi «mata» a la actriz, ya existían directores de cine conocidos por sus crueles métodos para exprimir el talento en la gran pantalla. Uno de ellos, un genio con un nada recatado gusto por la perversión, alentaba el miedo de sus musas para dotar de más realismo al material fílmico.

Tippi Hedren en la película «Los pájaros», de Alfred Hitchcock
El conocido universalmente como el maestro del suspense era un voyeur, y muchas veces rozaba lo perverso. Alfred Hitchcock acostumbraba a trasladar sus costumbres fuera del plató, manipulando la realidad para servirse de sus resultados como fuente de inspiración.

Así lo hizo con Grace Kelly, la primera de sus musas rubias, que vivió en primera persona un casting muy especial, cuenta la ilustradora María Herreros en «Marilyn Monroe tenía once dedos en los pies y otras leyendas de Hollywood» (Lunwerg Editores, 2016). «Alfred observaba la intimidad de Grace con otro hombre desde el edificio de enfrente, con un telescopio, como en su filme 'La ventana indiscreta'», escribe. Y aunque, según Herreros, la que sería Princesa de Mónaco «voló de las garras del controlador Hitchcock», el director británico, lleno de rencor, jugaría con su nombre, y siempre que tuvo ocasión se refirió a ella como «Princess Disgrace» (Princesa Desgracia). Ahí es cuando resuena el eco de una de sus frases, siempre jaleadas con su consabida flema: «La venganza es dulce y no engorda».

Tras la espantada de Grace Kelly, fue Tippi Hedren la que probó sus controladores métodos. La madre de Melanie Griffith, que también tenía sus particularidades, firmó ingenuamente con el cineasta un contrato de siete años y tuvo que aguantar las consecuencias de ser su «nuevo objeto de deseo obsesivo» y blanco de crueles bromas. «Sustituyó las aves mecánicas de 'Los pájaros' por verdaderas y escondió carnaza en su ropa para que fuera picoteada», cuenta María Herreros.

A Kim Novak le mandó un pollo desplumado para asustarla; a Robert Donat y Madeleine Carroll los esposó y «perdió», oportunamente, la llave. Según la ilustradora, medía el aguante de sus actrices metiéndose en su vida privada y las amilanaba enseñándoles su barriga lisa, sin ombligo tras una operación de estómago.

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