«En Corea del Norte vi ejecutar a un niño de siete años»

Tras huir de Corea del Norte en 2015, Lee Tae-weon esperaba en Seúl la llegada de su esposa, Ku Jeong-hua, y su hijo Ki-moon, de solo cinco años. Pero lo más probable es que no vuelva a verlos. Junto a otras diez personas, la mujer y el niño escaparon en octubre de Corea del Norte cruzando la frontera con China, pero fueron detenidos dos meses después por la Policía, que los envió de vuelta a su país. Allí se enfrentan a un duro castigo, ya que la madre podría ser confinada varios años en un campo de trabajos forzados.

«Durante el viaje, hablábamos todos los días por videoconferencia y fue ella quien me llamó para decirme que los habían apresado», explica a ABC Lee conteniendo las lágrimas. De la impresión cayó enfermo una semana. Desesperado, se ha puesto en contacto con las autoridades surcoreanas para pedir su liberación, pero sabe que no puede hacer nada porque ya han sido repatriados y su mujer está detenida.

Aunque los desertores norcoreanos se fugan por el hambre y la represión que sufren bajo el régimen de Kim Jong-un, China no los considera refugiados, sino inmigrantes ilegales, y los devuelve al otro lado de la frontera. Desde julio de 2016, Human Rights Watch (HRW) ha contabilizado más de ciento treinta repatriaciones, algunas de niños y ancianos.
Falsa distensión

«Mi única opción es denunciar su arresto ante la comunidad internacional», se encoge de hombros Lee, quien contempla con escepticismo la distensión entre las dos Coreas que han traído los Juegos Olímpicos de Invierno en el Sur. Para él, cualquier acercamiento será inútil mientras el Norte siga siendo una cárcel. «El deshielo es solo una fachada del régimen para seguir manteniendo sus armas nucleares, ya que no persigue abrir el país, sino evitar un ataque de Estados Unidos», critica con el desengaño que le da la experiencia.

Lee Tae-weon, desertor de Corea del Norte cuya familia sigue retenida-P. M. DÍEZ

A sus 28 años, la vida de Lee Tae-won sintetiza la trágica historia reciente de Corea del Norte. Al poco de nacer en la provincia de Hamgyong del Norte, que linda con China, le pilló la «Gran Hambruna» que diezmó a la población a partir de mediados de los años 90. «En casa solo teníamos la ración de mi padre, que trabajaba manejando una excavadora en una mina estatal. Como no había comida, iba todos los días al colegio aunque los profesores no impartían clase, ya que de vez en cuando nos repartían una especie de leche de soja», cuenta Lee. De aquella época también recuerda la muerte de familiares y compañeros del colegio, como la niña con la que solía jugar. «Llevábamos sin quedar una semana y fui a su casa. Entré y vi que ella y su padre estaban dormidos en el suelo, bajo una manta. Me marché sin hacer ruido para no despertarlos. Dos días después, mi padre me dijo que los habían encontrado muertos en su domicilio», relata estremeciéndose.

Lee tampoco puede olvidar las ejecuciones públicas, que el régimen obligaba a presenciar para mantener a todo el mundo a raya. «Por tráfico de personas a China, fue fusilada una familia de cuatro miembros, uno de ellos un niño de siete años. Su imagen me sigue persiguiendo hoy porque me recuerda a mi hijo», se lamenta con remordimientos por haberse marchado.

«Un futuro mejor»

«Escapé de Corea del Norte para darle un futuro mejor a mi familia, que está marcada porque yo me pasé cinco años en un "kyohwaso" (campo de trabajos forzados)», revela Lee. A los 17 años, fue condenado junto a su padre por ayudar a cruzar la frontera con China, adonde llevaban mujeres para casarlas con los campesinos que las habían comprado. Para ganarse la vida, también traficó con «ice», una anfetamina norcoreana exportada a China.

«Todavía tengo pesadillas con el campo de trabajo. Los prisioneros no eran más que pellejo sobre los huesos y todos los días morían dos o tres. Al incinerarlos en el horno, les rompían los huesos de las extremidades para que cupieran todos los cadáveres, lo que supone una vergüenza», se escandaliza por esta aberración. Pero, si el régimen no respeta ni a los vivos, ¿cómo va a hacerlo con los muertos?

A pesar de aquel horror, tuvo la suerte de ser designado segundo capataz de una brigada de trabajo, lo que le confería ciertos privilegios. Pero ni siquiera eso podía librarle del dolor que sufría cuando veía a su padre marcharse al bosque para cortar árboles. «Nunca pensé en escapar porque, si lo hacía, él pagaría las consecuencias», razona Lee, quien rompe a llorar cuando menciona a su padre. «Aunque recibía menos comida que yo, a veces me daba su desayuno y me obligaba a comérmelo delante de él porque se consideraba responsable de mí», relata compungido, ya que su padre pereció a los 49 años al caerle encima uno de los árboles que su brigada estaba talando. «Ni siquiera me llamaron para comunicármelo», se indigna negando con la cabeza.

Cuando fue liberado en 2011, su madre y su hermano menor habían huido a Corea del Sur, desde donde le mandaban dinero. En contacto con su familia a través de los móviles chinos, que funcionan al otro lado de la frontera en Corea del Norte, se dedicaba a distribuir dinero que enviaban los desertores a sus parientes. Para ello, tenía que sobornar a los militares, que se llevaban un pellizco por hacer la vista gorda.

Justo un año después de su puesta en libertad, se casó con su novia del instituto, con quien tuvo un hijo que le hizo replantearse el futuro que le aguardaba bajo tan brutal régimen. En mayo de 2015, cruzó a nado el río Tumen en dirección a China, que atravesó hacia el sur para llegar luego a Laos, Vietnam y Tailandia, donde pidió asilo en la Embajada surcoreana en Bangkok. En julio ya estaba en Seúl, donde esperaba recibir a su mujer y su hijo, pero ahora teme no verlos nunca más.

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