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Corea del Norte estaría dispuesta a renunciar a sus armas nucleares si Estados Unidos le garantiza que no derrocará a su joven dictador, Kim Jong-un. Tras reunirse con él en Pyongyang, así lo anunció este martes el consejero de Seguridad Nacional del Gobierno surcoreano, Chung Eui-yong. Encabezando una delegación para seguir con el acercamiento que han traído los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados el mes pasado en PyeongChang, Chung le entregó el lunes una carta personal del presidente surcoreano, Moon Jae-in, y pactó celebrar una cumbre histórica entre ambos mandatarios a finales de abril en el puesto fronterizo de Panmunjom, en pleno Paralelo 38. Será el tercer encuentro entre mandatarios de los dos países tras los mantenidos en 2000 y 2007 por el padre del actual dictador, el difunto «Querido Líder» Kim Jong-il, y los entonces presidentes Kim Dae-jung y Roh Moo-hyun, también liberales como Moon Jae-in.

«El Sur y el Norte han acordado establecer una línea telefónica directa entre sus dirigentes que permita consultas inmediatas y una reducción de la tensión militar», aseguró Chung, según informa la agencia de noticias Yonhap. Además, señaló que «el Norte ha afirmado claramente su compromiso con la desnuclearización de la Península Coreana y ha dicho que no tendría razones para poseer armas nucleares si se garantizara la seguridad de su régimen y cesaran las amenazas militares».

Sin ensayos nucleares
Para ello, y siempre según sus explicaciones, el régimen estalinista de Pyongyang «puede tener conversaciones sinceras con Estados Unidos sobre la desnuclearización y la normalización de sus relaciones». Como gesto de buena voluntad, Corea del Norte prometió que no llevaría a cabo más ensayos nucleares ni de misiles mientras estuviera abierto el diálogo con la comunidad internacional. El régimen de Kim Jong-un ha cesado en sus provocaciones desde noviembre, pero efectuó una decena de lanzamientos de misiles desde que el presidente surcoreano ganó las elecciones en mayo y en septiembre llevó a cabo su sexta y más potente prueba atómica.

Aunque la tensión y el cruce de amenazas e insultos han sido constantes durante los dos últimos años, los Juegos de PyeongChang han provocado un «deshielo olímpico» entre los dos países. Así lo demostró la histórica visita al Sur que hizo la hermana del dictador norcoreano, Kim Yo-jong, para asistir a la inauguración de dichos Juegos y encontrarse con el presidente Moon Jae-in, a quien invitó a una cumbre en Pyongyang.

Ahora falta por ver si esta renovada voluntad de diálogo es genuina o solo una estrategia para ganar tiempo y debilitar el frente común liderado por EE.UU., Corea del Sur y Japón, que han impulsado el endurecimiento de las sanciones de la ONU contra el régimen de Kim Jong-un por su desafío nuclear. A tenor de numerosos expertos, dichas sanciones ya están empezando a asfixiar a Corea del Norte, que ha remontado el vuelo tras la «Gran Hambruna» que sufrió a finales de los años 90 gracias a una incipiente economía de libre mercado.

Sea cual sea la verdad, esta distensión supone un giro radical y devuelve la esperanza para alcanzar la paz en la Península Coreana, la última frontera que queda de la Guerra Fría. Para blindar la supervivencia de su anacrónico régimen, el Norte ha insistido infinidad de veces en que no renunciaría jamás a su arsenal nuclear. Con el fin de disuadir a la Casa Blanca de un cambio de régimen, como los ejecutados en Irak o Libia, Pyongyang se ha dotado de armas atómicas y de misiles que, en teoría, podrían golpear casi todo el territorio estadounidense con una cabeza nuclear.

Pero, curiosamente, el enviado surcoreano a Pyongyang destacó que Kim Jong-un «ha dejado claro que la desnuclearización de la Península Corea era una instrucción de su predecesor (Kim Jong-il) y no ha habido cambios en este sentido».

Aunque muy positiva, esta oferta de diálogo ha de ser tomada con cautela porque no es la primera vez que Corea del Norte vuelve a la mesa de negociaciones tras haber puesto al mundo al borde de una guerra nuclear. Así ocurrió a mediados de los años 90 y a principios de 2007, cuando acordó en las conversaciones a seis bandas de Pekín renunciar a su programa atómico a cambio de petróleo, ayuda humanitaria y reconocimiento diplomático. Pero aquel trato, alcanzado precisamente a raíz de su primer ensayo nuclear en octubre de 2006, quedó finalmente en agua de borrajas y desde entonces no ha cesado la tensión.