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Lo primero que sorprendía de Bashar al Assad era su altura, casi dos metros, después su voz, entre baja y recortada, y por último, su traje gris impecable. En octubre de 2007 Siria no ocupaba apenas espacio en los medios. Las esperanzas de cambio generadas por la llegada del presidente al poder en 2000 se habían estancado y la guerra abierta en Irak eclipsaba al resto de conflictos en la región.

Tras una espera de una semana de espera en Damasco, este enviado especial tuvo acceso al Palacio del Pueblo junto a una delegación de periodistas extranjeros para entrevistar al presidente. Los temas domésticos sirios eran una especie de gran tabú en un país hermético donde se ejercía un fuerte control sobre la información, así que el tema estrella del encuentro fue el conflicto entre israelíes y palestinos, un conflicto en el que Assad insistió en que «no hay posibilidades de paz con el Israel actual, así que estamos listos para la guerra» y en el que calificó a España como «nuestro principal aliado para la paz en la zona». Una entrevista de una hora, sin temas farragosos y con tono muy cordial.

Espiral de violencia
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Descarga en PDF en el siguiente enlace: Separata 15 abril GOBERNACIÓN

Imposible pensar entonces que cuatro años después Siria se iba a sumir en una guerra con mayúsculas, tan sangrienta como la del vecino Irak, con la implicación directa de las grandes potencias mundiales y regionales y con una doble vertiente política y religiosa. Imposible pensar en que Assad, quien se paseaba por los países europeos como presidente modelo del mundo árabe, iba a ser tachado de «asesino» o «animal» por los políticos que antes le agasajaban. Un presidente al que los opositores acusan de ser el responsable máximo de una guerra que desangra al país desde hace siete años y que piden que deje el poder para que Siria pueda salir de esta espiral de violencia. Entre las acusaciones más graves figura la del «empleo sistemático de armas químicas», según un informe de Naciones Unidas publicado en septiembre, pese al acuerdo alcanzado en 2013 con la mediación de Rusia por el que debía haber entregado todo su arsenal.

Bashar, de 52 años, llegó a la presidencia en julio de 2000 tras la muerte de su padre Hafez Al Assad (apodado el «León de Damasco» ya que Assad se traduce como «león» en árabe), que había gobernado Siria durante tres décadas. Creció a la sombra de su hermano Basel, quien estaba llamado a heredar el cetro de poder de la familia. Tras estudiar Oftalmología en Damasco viajó en 1992 a Londres para completar su especialización. En la capital británica conoció a la que más tarde se convertiría en su esposa, Asma, con la que tiene tres hijos que se llaman Hafez, Zein y Karim.

Sus estudios en el extranjero apenas duraron dos años ya que en 1994 Basel falleció en un accidente de tráfico y Bashar tuvo que regresar de urgencia a Damasco. Fue el primer giro radical en su vida y le obligó a iniciar su formación de futuro presidente que se certificó tras obtener un 97 por ciento de votos positivos en un referéndum nacional celebrado un mes después de la muerte de Hafez. El éxito se repitió siete años más tarde en otra consulta en la que rozó el cien por cien del apoyo popular en las urnas y en 2014 renovó el mandato hasta 2021… Cumple 18 años con el poder absoluto concentrado en sus manos, los últimos siete marcados por una guerra en la que los informes de la Comisión de la ONU encargada de investigar los crímenes de guerra en Siria le acusan de ser el máximo responsable de actos de «exterminio, asesinato, violación, tortura, desaparición forzada y otras actividades inhumanas sobre miles de personas».

Blindado por la familia
El círculo que rodea Assad empieza por la propia familia, el régimen es como una cebolla con capas infinitas que cubren un núcleo duro central formado por los Al Assad, los Majlouf (familia de Anisa, madre de Bashar) y los Chaliche (familia política de una de sus tías), clanes que controlan la inteligencia y economía de Siria y cuyos integrantes forman parte de las listas de sanciones individuales elaborada por la comunidad internacional.

Si a esto se le suma el apoyo de la jefatura militar, formada mayoritariamente por generales alauíes (secta derivada del Islam chií), y el respaldo sin fisuras de la jerarquía de los distintos grupos religiosos minoritarios se completa en líneas generales el puzle de los apoyos internos que sostienen al régimen. Una coraza de intereses con más de tres décadas de historia que ha encontrado en Irán a Rusia el sustento externo imprescindible para sobrevivir a siete años de guerra.

Fuente: abc.es