El exdirector del FBI contra Trump: acoso, mafia y la noche de las prostitutas rusas

El exdirector del FBI James Comey jura ante el Comité de Inteligencia del Senado. JONATHAN ERNSTREUTERS

Le pareció más bajo que en televisión, de manos pequeñas y rostro ligeramente anaranjado. Era el 4 de enero de 2017 y el entonces director del FBI, James Comey, acababa de saludar por primera vez al presidente electo de EE UU, Donald Trump. El motivo era una reunión de inteligencia previa a la investidura. Comey aprovechó la ocasión para echarle un ojo técnico al inenarrable peinado de Trump. “Tras una cercana inspección, me pareció todo suyo”, concluyó el jefe de los agentes federales.

Fue quizá el momento más relajado de una relación que acabó cuatro meses después con el insólito despido de Comey (el segundo de un director del FBI en toda su historia) y la apertura de una brecha de confianza entre el presidente y el FBI que aún dura hoy y que ha alimentado la investigación del fiscal especial de la trama rusa, Robert Mueller. Tanto este encuentro como los desencuentros posteriores son narrados en primera persona por Comey en el libro Una lealtad mayor (Flatiron Books), que será publicado la semana que viene en EE UU y cuyos adelantos ya han inundado la prensa norteamericana.

El presidente Donald Trump da la mano al entonces director del FBI, James Comey, en la Casa Blanca. ALEX BRANDON AP

Rencillas y mentiras congénitas

La obra supone una inmersión en las rencillas entre dos figuras antagónicas y llamadas por el destino a chocar. El director del FBI, un puritano de 2,03 metros de altura, nunca concilió con el showman catódico que ganó las elecciones contra todo pronóstico. Esta fricción se percibe a lo largo de las 304 páginas de la narración. En ellas, Comey no duda en acusar a Trump de “falta de ética y egocentrismo” y le describe como un acosador nato, un “mentiroso congénito, vacío de emociones y desligado de la verdad”. Palabras que, para este devoto de la ley, encarnan el mal absoluto.

Aunque en la letra pequeña no faltan detalles inéditos, los momentos críticos de la relación, como los abusivos intentos de Trump por frenar la investigación de la trama rusa, ya fueron contados en junio pasado por Comey ante el Senado. No hay pues grandes sorpresas legales que vayan a alimentar el caso contra el mandatario. Más bien lo contrario. Consciente de que sus palabras ante el Comité de Inteligencia han servido de base para la investigación del fiscal especial, el exdirector del FBI evita apartarse de lo declarado y caer en contradicciones que a buen seguro serían empleadas por los abogados del presidente.
Prostitutas en el Ritz-Carlton

Aún así, el libro destila suficiente bilis como para hacer las delicias de los enemigos de Trump. Una de las estocadas más perversas de la obra surge del denominado Informe Steel, un dossier elaborado por un antiguo agente del servicio exterior de inteligencia británico y cuya veracidad ha sido puesta en duda, pero que contiene altas dosis de basura radiactiva para el republicano. Entre los detalles más salaces, que Comey reproduce con minuciosidad escolástica, figura una escena en 2013 en la suite presidencial del Hotel Ritz-Carlton, de Moscú, donde supuestamente un grupo de prostitutas orinó a petición de Trump en la misma cama en la que había dormido el matrimonio Obama.




El documento causó impresión a Trump, quien aprovechó que el director del FBI le hubiese informado del contenido para negarlo. “¿Me ve usted acostándome con putas?”, le preguntó. Luego alegó que era un germófobo absoluto (“no hay forma de que nadie se mee a mi alrededor”) y que sólo había estado en esa habitación para cambiarse de ropa, no para dormir.

“Preferí no decirle que la actividad referida no requería que pasase la noche en la habitación ni de la proximidad de los participantes. De hecho, aunque no lo sé con seguridad, me imaginé que la suite presidencial del Ritz-Carlton de Moscú era lo suficientemente grande para que un germófobo guardase una distancia de seguridad respecto a la actividad”, escribe Comey con el puñal en la mano.

En esta descripción, como en muchas otras que perlan la obra, se advierte un fenómeno que ha acompañado a Trump a lo largo de su vida: el rabioso rechazo que despierta en muchos de quienes le han tratado de cerca. “Estar con él me traía a la memoria recuerdos de cuando era fiscal antimafia. El silencioso círculo del asentimiento. El completo control del boss. Los juramentos de lealtad. El mundo del nosotros-contra-ellos. La mentira permanente al servicio de una lealtad por encima de la moralidad y la verdad”. Así lo describe el exdirector del FBI. Una figura que tuvo a su cargo a 35.000 funcionarios y que ahora teme por América. “Lo que está ocurriendo no es normal”, sentencia. Es Comey contra Trump.

TRUMP A COMEY: “BOLA DE BABA MENTIROSA”
Donald Trump estalló. La publicación del libro de memorias del exdirector del FBI, James Comey, desencadenó una furibunda reacción del presidente de EEUU. En dos tuits le dedicó una de sus más rabiosos ataques. Una sarta de insultos que sacudieron el país y volvieron a mostrar el descontrol que reina en la Casa Blanca.

“James Comey es un filtrador y un mentiroso. Prácticamente todo el mundo en Washington pensaba que debía ser despedido por el trabajo que hizo hasta que, de hecho, fue despedido. Filtró información clasificada, por lo que debería ser perseguido. Mintió al Congreso bajo juramento. Es débil y una bola de baba mentirosa que fue, como el tiempo ha demostrado, un terrible director del FBI. Su gestión del caso de La Corrupta Hillary, y los acontecimientos que lo rodearon, serán conocidos como uno de los peores chapuzas de la historia. ¡Fue un gran honor para mi despedir a James Comey!”, dijo en los tuits.

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