Theme Layout

Theme Translation

Trending Posts Display

Yes

Home Layout Display

Posts Title Display

404

We Are Sorry, Page Not Found

Home Page
Escribió el poeta que «eran las cinco en todos los relojes» cuando «el viento se llevó los algodones» y «las heridas quemaban como soles». Hoy serán las seis de la tarde en todos los relojes de Memphis. Las seis de la tarde y un minuto, en realidad, la hora exacta en la que hace cincuenta años una bala cruzó la calle Mulberry de la ciudad sureña y penetró la mejilla derecha de Martin Luther King. El líder del movimiento por los derechos civiles en EE.UU. acababa de salir de su cuarto en el Motel Lorraine y estaba en el balcón adyacente. Hoy serán las seis de la tarde y un minuto y sonarán todas las campanas de Memphis, 39 veces, los años que tenía el líder de la minoría negra. La conmoción de su asesinato todavía persigue a EE.UU.

King había llegado a Memphis solo 31 horas antes. Voló desde Atlanta, su ciudad, con retraso inesperado: un aviso de bomba obligó a evacuar el avión. La amenaza a su vida se había convertido en rutina para King, que además llegaba a Memphis en un momento explosivo. Acudía a la ciudad sureña para apoyar la huelga de los trabajadores de recogida de basuras. Había estado en Memphis en otras dos ocasiones durante el último mes y una de las marchas acabó con disturbios de gran violencia. Su condición de líder pacifista estaba en entredicho.

La historia simplifica a King como el motor de la lucha contra la discriminación y la segregación legal de la minoría negra, el artífice de la conquista de sus derechos civiles. En la primavera de 1968 su imagen era diferente. Por primera vez en la última década, no aparecía en la lista de Gallup de los diez estadounidenses más admirados. La pátina del Nobel de la Paz se había corroído y King había evolucionado hacia una lucha más amplia, socioeconómica, más allá de la liberación de las minorías.

Al llegar a Memphis estaba inmerso en la llamada Campaña de la Gente Pobre, con la que pretendía inundar Washington de pobres durante meses para exigir mejoras sociales, y se opuso con fuerza a la guerra en Vietnam. Para muchos de sus seguidores, sus nuevas prioridades eran una distracción.

La «tierra prometida»

«El King que llegó a Memphis era más militante, más radical y más inflamado», explica el profesor Gary Dorrien, de la Universidad de Columbia, desde el Mason Temple de Memphis. Es la iglesia en la que el 3 de abril, la víspera de su asesinato, King dio su último discurso, el del «mountaintop», la cima de la montaña. Es un templo enorme, entre solares abandonados y casas de apartamentos bajas. Por dentro, parece petrificado en los años 60, con un mar de butacas de respaldos redondeados que rodean el estrado en dos niveles, pasillos de alfombra granate desgastada y suelo de cemento.

Visitantes en la habitación 306 del motel Lorraine, tal como la dejó Luther King-Afp

Permanece el atril imponente de madera, desde el que King anticipó su muerte: «Me gustaría vivir una larga vida, pero eso no me preocupa ahora. Solo quiero hacer la voluntad de Dios. Él me ha permitido llegar a la cima de la montaña. He mirado desde allí y he visto la tierra prometida. Es posible que no llegue allí con vosotros».

En el trayecto de Mason Temple al Motel Lorraine, King vería montado en un Cadillac blanco un Memphis similar al de hoy. Negocios decrépitos, carreteras anchas, la frondosidad de la ribera del Misisipi que se abre paso, apenas nadie por la calle. La ciudad sureña era entonces un polvorín que King buscaba movilizar sin echar más gasolina. Hoy tiene el mismo aspecto somnoliento, pero solo hay que rascar para encontrar un trasfondo violento: es una de las ciudades de EE.UU. con mayor índice de criminalidad, con 228 homicidios en 2016.

Una imagen fija

Donald, que se dedica a conducir su coche para Uber a sus 74 años, se fue a comprar un rifle con su hermano la tarde del 4 de abril de 1968. De vuelta a casa, un policía les obligó a cambiar de ruta, recuerda ahora de camino al motel Lorraine. «Han matado a ese ‘nigger’», le dijo el agente en referencia a King, usando un término despectivo ahora desterrado del vocabulario de los blancos.

El asesino fue James Earl Ray, un prófugo de la cárcel, racista, blanco, de familia pobre. Se alojó en una pensión enfrente del motel Lorraine, y tenía su rifle en la apertura de la ventana. El motel es hoy el Museo Nacional de los Derechos Civiles, y su habitación, la 306, está reconstruida como la dejó. El cenicero colmado de colillas, la cama abierta, el café oscuro, la colcha áspera, de hotel barato, de los pocos que permitían alojar a negros en aquel Memphis.

Tras salir el balcón, intercambió bromas con sus acompañantes, entre ellos Jesse Jackson, que estaban abajo, en el aparcamiento, donde hoy hay réplicas de un Dogde y un Cadillac de la época. Todo lo cortó el chasquido del disparo de Ray, que cumplió la profecía de King y dejó una mancha que EE.UU. todavía no ha logrado limpiar.