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Aunque China ha abrazado el capitalismo salvaje con tal explotación laboral que inspiraría otro Manifiesto Comunista, su presidente, Xi Jinping, celebró ayer los 200 años del nacimiento de su autor, Karl Marx. Con el retrato del pensador alemán presidiendo el gigantesco auditorio del Gran Palacio del Pueblo de Pekín, la cúpula del régimen homenajeó su filosofía política y económica como piedra angular del «socialismo con características chinas» que ha compaginado el control político del Partido Comunista con la «política de apertura y reforma» emprendida a finales de los 70 tras la muerte de Mao Zedong.


«El marxismo no solo ha cambiado profundamente el mundo, sino también a China», proclamó en su discurso Xi Jinping, según informa la agencia estatal de noticias Xinhua. A su juicio, la «tremenda transformación» vivida tras la «política de apertura y reforma» sirve como «prueba irrebatible de que solo a través del socialismo podemos salvar a China». Con el Partido Comunista «combinando los principios del marxismo con la realidad de la apertura y reforma de China, la nación que se puso en pie se ha vuelto rica», se congratuló Xi Jinping.

Adaptación «al contexto»

Por ese motivo, no dudó en justificar que «es perfectamente correcto para la Historia y la gente elegir el marxismo, así como para el Partido Comunista escribirlo bajo su propia bandera, adhiriéndose al principio de combinar sus fundamentos con la realidad de China, adaptándolo continuamente al contexto y a sus épocas».

Conmemoración de los 200 años de Marx en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín-Reuters

Con suma habilidad para moldear las más diversas ideas a base de eslóganes pegadizos, el pragmatismo del Partido Comunista chinole ha llevado a conseguir la cuadratura del círculo: un sistema económico basado en el libre mercado, pero donde el Estado controla los sectores más importantes gracias a sus monopolios públicos, con unas crecientes desigualdades sociales que parecen sacadas de la misma «Revolución Industrial» que rebeló a Marx contra la explotación del proletariado a manos del capital.

A pesar de las diferencias de clases que ha traído el explosivo crecimiento económico de este modelo, el Partido Comunista de China sigue enarbolando a su manera la bandera del marxismo.

Una ironía política que, si no fuera por los abusos que este régimen autoritario provoca sobre los más desfavorecidos, haría partirse de risa a la facción más surrealista del marxismo, la «grouchista».

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