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El inicio de la gira latinoamericana de Pedro Sánchez ha tropezado con un país que precisamente no va a pisar: Venezuela. Ha sido en Chile, el primer destino de su ruta, donde ha quedado patente que la nueva política del Ejecutivo respecto al régimen chavista va a ser laxa. O, según describió Sánchez: sin ninguna «vocación de injerencia».

Este posicionamiento de España choca con el llamamiento que a su lado le hacía el presidente chileno, Sebastián Piñera, durante una rueda de prensa en Santiago de Chile, para que España se implicase activamente en hallar una solución política, recordando que «en ocasiones ha jugado un rol de liderazgo».

Además de por una cuestión de proximidad, Piñera conoce de primera mano la «crisis política, económica y social» de Venezuela porque sólo en los primeros siete meses del año han emigrado a Chile unos 150.000 venezolanos. Convirtiéndose en el cuarto destino en Sudamérica para los que huyen de la problemática situación de su país.

En este contexto, Piñera fue rotundo y firme a la hora de condenar el régimen de Nicolás Maduro y de subrayar que no reconoce la «legitimidad» de su gobierno porque considera que las elecciones «no fueron válidas». «Nosotros creemos que Venezuela dejó de ser una democracia. Hoy en día no hay democracia, no hay separación de poderes, no hay respeto a los derechos humanos. Pero hay algo que puede ser aún más grave que eso, y es que está viviendo una profunda crisis humanitaria», denunció el presidente chileno, que afirmó ante Sánchez que para que Venezuela encuentre una solución requerirá de la ayuda de todos los países, «y especialmente de España». Mientras, el presidente español evitó cualquier crítica, condena o exigencia al régimen chavista como hizo Piñera. Y tan sólo enmarcó la solución política a que Venezuela abra «un diálogo consigo misma» y «entre venezolanos» y limitó el papel de la comunidad internacional a «acompañar ese diálogo». Un diagnóstico más cercano a las tesis que viene defendiendo el ex presidente Zapatero y que marca una gran diferencia respecto a la actitud que venía manteniendo el Ejecutivo del PP.

«España pertenece a la Unión Europea, tiene fuertes raíces con Latinoamérica pero no aspira a ser un país con una vocación de injerencia en la política latinoamericana. Al contrario. Solamente de apoyo, de aprendizaje», ahondó Sánchez. Estas declaraciones del presidente sobre Venezuela alertaron a PP y Ciudadanos. El portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó, le acusó de pretender un «diálogo tramposo para blanquear el régimen de Maduro» y se mostró en contra de cualquier camino que ayude a legitimar al gobierno de aquel país. Por su parte, el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, fue tajante: «Es lamentable que Sánchez haga equidistancia entre la tiranía de Maduro y los demócratas venezolanos. España debería liderar el rechazo al régimen, las sanciones a los dirigentes chavistas y la defensa de los derechos humanos».