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El plan era pasar unos días en el sur de Francia con los colegas. Playa, buenos amigos y unas vacaciones bien merecidas. La casa parecía perfecta para ellos y las fechas cuadraban. Pero al poco de hacer la reserva en Airbnb, el propietario la canceló abruptamente. “Tuve la impresión de que fue en cuanto se dio cuenta de mi nombre. Me dijo que había un error en el precio, que no eran 140 euros la noche sino 370”, relata a El Confidencial Madjid Messaoudene. No era su primera mala experiencia en el portal de alquiler vacacional. Algo parecido le ocurrió a Merwane Mehadji, que intentó, sin éxito, alquilar un apartamento o una casa en Marsella para veranear con la familia. Dos veces la transacción fue aceptada y poco después anulada sin explicación. Dos o tres días después, las fechas volvían a estar disponibles en el portal.

Mehadji, periodista, denunció a principios de agosto en Twitter su caso y, como si hubiera abierto una espita, decenas de historias similares han aflorado en las redes sociales desde entonces. Franceses con nombres de origen magrebí o árabe que han visto sus reservas rechazadas en plataformas como Airbnb, Blablacar o las francesas Abritel o Le Bon Coin en cuanto han dado su nombre al anfitrión. Algunos de ellos se plantean llevar el caso al Defensor del Pueblo.

“Ahora siempre utilizo el nombre de mi novia o el de mi madre cuando quiero hacer una reserva, porque son nombres, digamos, francófonos”, confiesa a El Confidencial Mehdi Dardouri. Para evitar frustraciones, este profesor hace ahora una pequeña investigación en Airbnb antes de contactar con los propietarios. “Miro qué tipo de huéspedes han tenido. Y si veo que hay diversidad de nombres y orígenes entonces me animo a reservar”, afirma. Ha tenido malas experiencias en casi todas las plataformas. El verano pasado intentó alquilar una casa de vacaciones, también en el sur de Francia, a través de un anuncio que vio en Le Bon Coin, un portal en el que se compra, vende o alquila casi todo. “Hablé con el propietario y, en cuanto le dije mi nombre, me dijo que las fechas no estaban disponibles debido a otra reserva”, suspira Dardouri.

Con Blablacar, la plataforma para compartir trayectos en vehículos particulares, se ha visto en la misma situación en varias ocasiones. “Recuerdo especialmente una vez, en la que quería hacer un viaje un poco largo, entre Toulon y el centro de Francia. “La persona me tenía esperando mientras yo veía cómo aceptaba otras demandas y no la mía. Le pregunté si es que mi nombre le causaba algún problema”, señala. No obtuvo respuesta. La compañía tampoco le permitió, según dice, publicar un comentario al respecto en la plataforma.

Los afectado aseguran que cada vez se observa más discriminación en este sitio de portales, especialmente en los de reserva vacacional. Propietarios que rechazan o anulan una reserva en cuanto se dan cuenta de que el huésped potencial tiene un nombre que suena a árabe, pero que no tardan en aceptarla si la solicitud va con uno de origen europeo. Es un fenómeno muy difícil de cuantificar, no existen estadísticas, aunque no es únicamente francés. En Estados Unidos, Harvard Business School llevó a cabo en 2015 un experimento en el que crearon perfiles falsos de Airbnb. Los que tenían nombres de resonancia afroamericana tuvieron un 16% menos de probabilidades de ser aceptados que otros perfiles idénticos pero con nombres que parecían de blancos.

A finales del año pasado, el Defensor del Pueblo francés publicaba también un estudio sobre la discriminación en el acceso a la vivienda en general. Un 14% la había sufrido al intentar acceder a un alquiler, cifra que llegaba al 30% de las personas que eran percibidos como árabes y casi al 40% de los percibidos como negros.

Una mujer habla por teléfono en la sede central de Airbnb en San Francisco, en agosto de 2016. (Reuters)

Política de puertas abiertas

“Queríamos reservar una casa para ir a Toulouse en vacaciones”, relató recientemente Farah Cariou a la radio RMC. Ella y su madre Djamila habían planeado pasar una semana de vacaciones en el sur de Francia y la casa que encontraron en la plataforma Airbnb les pareció perfecta. Tenía cinco habitaciones, ellas eran sólo dos, pero estaban dispuestas a pagar el precio del alojamiento completo. “El propietario nos rechazó porque nos dijo que éramos pocos para una casa tan grande”, denuncia la joven, de 18 años. Contó su historia en Twitter y otra usuaria -con un nombre tradicionalmente francés, Isabelle- se ofreció para poner a prueba al propietario de la casa haciendo una demanda exactamente igual a la que habían hecho Farah y Djamila, en las mismas fechas y para el mismo número de huéspedes. “Extrañamente, fue aceptada sin ningún problema”, ironiza Farah, quien recuerda que Airbnb tiene una política contra la discriminación “bastante explícita”.

La plataforma estadounidense, que este año han utilizado 7 millones de franceses, lo ha señalado en numerosas ocasiones y hace pocas semanas en un comunicado en el que aseguran que “la discriminación no tiene lugar en Airbnb y va en contra de todo en lo que representa nuestra comunidad”, señala la compañía, que dice haber tomado medidas para luchar de forma proactiva contra este tipo de “comportamiento aberrante”. Entre las medidas destacan la creación del “Compromiso de la Comunidad Airbnb”, la política de Puertas Abiertas, por la que se comprometen a buscar un alojamiento similar a aquellas personas que sienten que han sido discriminadas, así como una serie de herramientas para concienciar a los propietarios contra posibles discriminaciones en función de etnia u orientación sexual.

Para Madjid Messaoudene, las medidas son, sin embargo, claramente insuficientes y Airbnb, Abritel o Le Bon Coin tienen “una enorme responsabilidad” en este asunto como intermediarios que son. Messaoudene, concejal de Igualdad y lucha contra las discriminaciones del ayuntamiento de Saint Denis, al norte de París, pone como ejemplo el caso de un propietario de una casa en Aix-en-Provence que en la información destinada a los posibles huéspedes detalló “no queremos ‘halal’”, en referencia a los alimentos aceptables según el islam. La traducción: no queremos árabes. “Airbnb obligó al propietario a eliminar esa frase del anuncio, pero lo que debería haber hecho era echar a ese usuario de la plataforma. Está claro que el negocio va por delante de todo lo demás”, denuncia a El Confidencial.

Él mismo dice haber sufrido en dos ocasiones la discriminación que denuncian algunos de sus conciudadanos. “Las dos veces, los motivos que me dieron los propietarios de las viviendas me parecieron un poco sospechosos. Cada vez te preguntas si eres tú que estás paranoico o es que de verdad hay gente que no quiere alquilar a cierto tipo de personas. Pero yo estoy convencido que en esos dos casos los dueños han hecho un filtrado y han decidido no alquilarme a mí”.

Los propietarios que practican este tipo de discriminaciones podrían ser denunciados y condenados a multas de hasta 45.000 euros y 3 años de prisión en Francia. Pero para eso el denunciado en cuestión debería reconocer los hechos. Si no lo hace, demostrar estos prejuicios racistas no es fácil. En Estados Unidos el año pasado una mujer fue castigada con pagar una multa de 5.000 dólares y realizar un curso de estudios asiático-americanos por cancelar una reserva a una usuaria de Airbnb usando un comentario racista. En aquel caso, la agredida tenía por escrito que la causa de la cancelación, según la propietaria, era su origen asiático.

Pero para otros muchos casos, probar la discriminación -que se hace de una forma más sutil- es más complicado. Messaoudene ha lanzado un cuestionario online y planea elevar la cuestión al Defensor del Pueblo para que investigue el asunto. En su cuenta de Twitter, el ‘ombudsman’ francés ha confirmado que es competente para hacer este tipo de comprobaciones. “Nunca podemos afirmar al cien por cien que la discriminación de debe a que este nombre o aquel no nos gusta”, reflexiona Mehdi Dardouri, “pero hemos creado una sociedad en la que hay una desconfianza enorme ante personas simplemente por tener un nombre como el mío”.

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