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Son las 18.30 horas del 18 de agosto de 1971. Llueve en la Ciudad de México y en la penitenciaría de Santa Martha Acatitla, entonces la prisión de máxima seguridad del país, hay aproximadamente 700 internos que deambulan y miran una película bajo vigilancia de los custodios.

Entre ellos hay un estadounidense y un venezolano que esa tarde romperán el tedio de la prisión al protagonizar el más espectacular escape que ha ocurrido en una prisión mexicana.

Más aún que la sorprendente fuga de Joaquín “El Chapo” Guzmán por un túnel de casi 1,5 kilómetros que lo sacó de la cárcel de máxima seguridad del Altiplano, en el Estado de México, el 11 de julio de 2015.

Los protagonistas de “la fuga del siglo” –como la llamó la prensa de todo el mundo– son el estadounidense Joel David Kaplan y el venezolano Carlos Contreras, compañeros de celda.

Esa tarde de agosto Kaplan escaparon de sus condenas –por homicidio y tráfico de armas el primero y por narcotráfico el segundo–, a bordo de un helicóptero Bell modelo 47 color azul, que aterrizó en pleno patio del tercer sector de la penitenciaría de Santa Martha.

Después ocurrirán otras fugas de las prisiones mexicanas, pero ninguna tan atrevida como esta que incluyó en el plan a un contrabandista y ex combatiente de la Segunda Guerra Mundial, y a un piloto de combate de Vietnam.

Fue el primer escape de una prisión en helicóptero y tanta fama alcanzó que 4 años después, en 1975, Hollywood llevó a las pantallas la historia con Charles Bronson como protagonista de la cintaBreakout, dirigida por Tom Gries, en la interpreta al piloto Nick Colton que logra el rescate del estadunidense preso en México.

Pero la más exhaustiva investigación sobre aquel escape que dejó en ridículo a las autoridades mexicanas la llevaron a cabo el escritor Eliot Asinof, el periodista Warren Hinckle y William Turner, ex agente del FBI, en el libro Kaplan. Fuga en 10 segundos, publicado en 1973 en español por la editorial Lasser Press.

La portada del libro editado en inglés que narra “La Fuga del Siglo” y la adaptación cinematográfica protagonizada por Charles Bronson.

El extraño cuerpo de delito 

En noviembre de 1961, la policía mexicana reportó el hallazgo en Puebla de un cadáver que identificó después –con muchas dudas de por medio– como Luis Melchor Vidal, Jr.

Aparentemente era un hombre de negocios, hijo a su vez de un empresario español muy vinculado con los regímenes políticos de Fulgencio Batista en Cuba y Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana.

En realidad, se trataba de “un mafioso”: un traficante de armas y droga, vinculado con grupos anticastristas en Estados Unidos. Al menos eso le dijo a la revista Rampant, de Estados Unidos, su supuesto socio Joel David Kaplan.

A Kaplan lo acusaron del asesinato de Vidal y lo condenaron a 28 años de prisión en México, luego de su extradición de España, a donde había huido tras el hallazgo del supuesto cadáver.

Kaplan alegó su inocencia durante todo el juicio, en un proceso realmente plagado de irregularidades y rarezas. Entre otras, que nunca pudo comprobarse en realidad la identidad del cuerpo de Vidal, supuestamente encontrado bajo tierra, sólo con los pies descubiertos y al parecer ya devorado en parte por perros callejeros.

Su ropa y sus pertenencias además habían aparecido, extrañamente, en una carretera rumbo a Cuernavaca, muy lejos de donde habían sido hallado sus restos.

De acuerdo con la investigación que en su momento llevó a cabo la revista Rampant, dirigida entonces por el periodista Warren Hinckle, a Vidal lo reconoció un camarero del hotel Continental Hilton, donde estaba hospedado antes de su desaparición, y una supuesta esposa, Teresa Carrasquillo, que en realidad nunca se había casado con él.

Cuando apareció el supuesto cuerpo de Vidal, un detalle llamó la atención de las autoridades y los periodistas estadounidense: el muerto tenía los ojos cafés y no azules, como Vidal.

—¿Cómo explica usted el cambio de color de ojos de su marido? —preguntó el fiscal a la esposa de Vidal durante el juicio.

—Seguramente alguien sacó los globos oculares de mi esposo y puso los de alguien más —explicó ella.

Kaplan alegó que detrás de la acusación en su contra había intereses políticos que pretendían incluso asesinarlo, y culpaba de la trama a un tío suyo de nombre Jacob M. Kaplan, también empresario azucarero, vinculado con la CIA y señalado como financiador de grupos de ultraderecha en distintos países de América Latina, a través de una fundación que llevaba su nombre.

Antes de su aprehensión, Kaplan llevaba una vida de lujo.

Kaplan y Vidal incluso aparecieron en las investigaciones periodísticas como personajes de la trama de Bahía de Cochinos, la fallida invasión anticastrista de abril de 1961, apoyada por Estados Unidos.

Traficante de pornografía con cargos en Estados Unidos, vinculado a espías rusos y señalado en varias ocasiones como agente encubierto de la CIA, Kaplan alegaba que por su papel en Bahía de Cochinos estaba en la cárcel, y que Vidal en realidad había planeado y aparentado su muerte para dejarlo con toda la responsabilidad. Ninguno de sus argumentos lo salvó de una condena de 28 años de cárcel.

Santa Martha, el infierno

Kaplan no soportaba el encierro y su ánimo iba en picada. No resistirá mucho, le advierte en una carta un corresponsal estadounidense de nombre Pearl González a su hermana Judy.

En septiembre de 1967 la Suprema Corte de Justicia de la Nación había rechazado de manera definitiva su último recurso de apelación presentado por su abogado y ya no había nada más que hacer.

La fuga era su única opción para salir de la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla.

Inaugurada el 14 de octubre de 1957 como una cárcel de máxima seguridad, a Santa Martha llegaron los reos más peligrosos de México, internos antes en el famoso “Palacio Negro” de Lecumberri (hoy Archivo General de la Nación), la más tétrica de las prisiones que operó durante 76 años.

“Era Santa Martha, un agrupamiento de pabellones para más de un millar de habitantes, circundando con un par de murallas altas y seguras, custodiado por esbeltas torres de vigilancia. Dentro había zonas extensas de trabajo —en una nave industrial que jamás conoció Lecumberri—, de recreo, de enseñanza y aun de oración: en un costado se alzaba la hermosa capilla para diversos cultos, cuyo frente exponía una pintura mural de Arnold Belkin”.

Detrás de esta descripción que ofrece el libro El Final de Lecumberri, de Sergio García Ramírez –quien en 1961 fungía como delegado de Prevención Social de la Secretaría de Gobernación–, ocurrían historias de horror tras las rejas.

Así lucía Santa Martha Acatitla al comenzar a operar como la cárcel de máxima seguridad del país.

Particularmente en la Zonas Olvidadas (ZO), como llamaban a las celdas de confinamiento ubicadas en el dormitorio 5, que entonces eran selladas con soldadura y reservadas sobre todo a disidentes políticos y los más violentos delincuentes. Allí mandaban a los internos golpeados, sin comer ni ver la luz.

Para un “mafioso” estadunidense acostumbrado al lujo, Santa Martha debió ser lo más parecido al infierno. No obstante, Kaplan gozaba de privilegios inalcanzables para el resto de los internos, gracias a los sobornos y la arraigada corrupción en las cárceles mexicanas.

Según el libro Kaplan. Fuga en 10 segundos, el estadounidense gozaba en prisión de una celda sólo compartida con el venezolano que lo acompañó en su escape, visitas conyugales ilimitadas, noches de póquer, buena comida, whiskey y ron.

Nada compensaba el encierro y su cabeza comenzó a urdir ideas de fuga.

Los insólitos intentos de escape

Antes de lograr “la Fuga del Siglo”, Kaplan tuvo otros malogrados planes de escape, que significaron miles de dólares en sobornos. Entre otros, aparentar una apendicitis para salir de la penitenciaría en ambulancia.

En esa ocasión, el conductor de la ambulancia de la cárcel, con quien había convenido un pago de 75.000 mil pesos para sacarlo, se fue de farra con el adelanto del dinero que había recibido de Kaplan, llegó borracho al trabajo y lo despidieron antes de concretar la fuga.

En sus declaraciones ante el juez, Kaplan siempre sostuvo su inocencia.

El plan era sacar a Kaplan “enfermo” de la cárcel, trasladarlo en ambulancia hasta un domicilio en la Ciudad de México y allí dejarlo en manos de dos mujeres estadounidenses y un canadiense manco que lo llevarían hasta la frontera con Estados Unidos, haciéndose pasar por turistas.

Kaplan también intento salir por un túnel cavando desde el gallinero instalado en un terreno que había adquirido una pareja de mexicanos en la zona del ex lago de Texcoco, apenas a 200 metros del patio del dormitorio 1 donde estaba su celda.

En esta ocasión el plan avanzó hasta topar con la piedra volcánica del subsuelo, que impidió seguir cavando.

De la cabeza de Kaplan surgieron otras ideas de fuga y de la cartera de su hemana Judy el dinero para financiarlas. Pensó en la posibilidad de incendiar la penitenciaría, hacerse pasar por “muerto” con la complicidad de los custodios comprados con el dinero de su familia y salir escondido entre la ropa sucia de la lavandería, como lo hizo “El Chapo” Guzmán en 2001, para escapar de la prisión de máxima seguridad de Puente Grande, en Jalisco.

También urdió una fuga en un compartimento oculto colocado en la defensa de un camión y el traslado por razones de salud a una cárcel de la ciudad de Cuernavaca, donde tendrá más posibilidades de escapar. Ninguno de sus planes prosperó.

Su hermana Judy, advertida del mal ánimo de su hermano, apoyó su última carta fuerte: huir por aire.

Los hermanos Kaplan contrataron a una especie de mercenario de la época de nombre Victor Stadter, quien había combatido en la Segunda Guerra Mundial y vivía del contrabando de mercancías transportadas en su propio avión.

De acuerdo con el periodista Humberto Padgett, que tuvo acceso a los informes del caso, Stadter lanzó el anzuelo del soborno en las altas aguas de la política mexicana. Nadie quiso colaborar. De por medio estaba la relación con Estados Unidos y particular interés de la CIA en Kaplan por sus antecedentes.

Sin embargo, el plan siguió. El cronista mexicano Armando Jiménez, en su libro Lugares de gozo y retozo, afirma que en los meses previos a “la Fuga del Siglo”, Kaplan recibió constantes visitas que recogían detalles de las instalaciones y la operación de la penitenciaría de Santa Martha.

Stadter, por su parte, contactó Hardey Orville, un texano a quien llamaban Cotton, que entonces volaba una avioneta fumigadora. Él a su vez contrató a Roger Hershner, un piloto de combate en Vitenam, de 29 años, que asumiría el control del helicóptero para la huida.

También involucraron a un agente de bienes raíces, familiar Stadter, quien se hizo pasar por criminólogo para acceder a la cárcel y conocerla por dentro, guiado por el propio director.

El estadounidense, en entrevista con la prensa.

La huida maestra

La tarde del 18 de agosto 1971, el plan estaba listo. El compañero de celda de Kaplan, el venezolano Carlos Contreras Castro, se encargó de desconectar la alarma de la torre de vigilancia. 

A las 5.53 de la tarde, de la ciudad de Pachuca, en Hidalgo, despegó Roger Hershner a bordo del helicóptero Bell modelo 47 pintado de azul, que lo hacía aparecer como uno más de los que utilizaba la policía entonces.

A las 6.35 de la tarde, entre la lluvia, aterrizó el helicóptero en el patio del tercer sector de la penitenciaría de Santa Martha Acatitla. Los custodios reaccionaron tarde. Notaron apenas que la matrícula no correspondía a las aeronaves de la policía. Un vigilante de nombre Victoriano Cruz intentó disparar, pero su arma se trabó.

“Los vigilantes en las torres no supieron qué hacer, estaban confusos; dudaban si saludar o disparar debido al color azul oficial“, escribe Jiménez.

Así era el helicóptero Bell 47 en el que escaparon Kaplan y Contreras.

En 10 segundos Kaplan y Contreras salieron de debajo de un techo del dormitorio uno, atravesaron la cancha de futbol y saltaron hacia el helicóptero, que de inmediato despegó con rumbo a un llano de la misma ciudad de Pachuca de donde había partido menos de una hora antes.

Allí esperaban dos avionetas. Una la abordó Contreras con rumbo a Sudamérica, y en la otra subió Kaplan con ruta hacia Brownsville, Texas. Nada más se supo de él.

En sólo 10 segundo, el estadounidense había logrado huir luego de 8 años en prisión. La suya fue “La Fuga del Siglo”.

Fuente: infobae.com